El arte de educar

2019-C

CONFIRMACIÓN

Catecismo de la Iglesia Católica

SEGUNDA PARTE
LA CELEBRACIÓN DEL MISTERIO CRISTIANO
SEGUNDA SECCIÓN:
LOS SIETE SACRAMENTOS DE LA IGLESIA
CAPÍTULO PRIMERO
LOS SACRAMENTOS DE LA INICIACIÓN CRISTIANA
ARTÍCULO 2
EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN
1285 Con el Bautismo y la Eucaristía, el sacramento de la Confirmación constituye el conjunto de los “sacramentos de la iniciación cristiana”, cuya unidad debe ser salvaguardada. Es preciso, pues, explicar a los fieles que la recepción de este sacramento es necesaria para la plenitud de la gracia bautismal (cf Ritual de la Confirmación, Prenotandos 1). En efecto, a los bautizados “el sacramento de la Confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma quedan obligados aún más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras” (LG 11; cf Ritual de la Confirmación, Prenotandos 2):
I. La Confirmación en la Economía de la salvación
1286 En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado (cf. Is 11,2) para realizar su misión salvífica (cf Lc 4,16-22; Is61,1). El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que Él era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios (Mt 3,13-17; Jn 1,33- 34). Habiendo sido concedido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da “sin medida” (Jn 3,34).
1287 Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser comunicada a todo el pueblo mesiánico (cf Ez 36,25-27; Jl 3,1-2). En repetidas ocasiones Cristo prometió esta efusión del Espíritu (cf Lc 12,12; Jn 3,5-8; 7,37-39; 16,7-15; Hch 1,8), promesa que realizó primero el día de Pascua (Jn 20,22) y luego, de manera más manifiesta el día de Pentecostés (cf Hch 2,1-4). Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar “las maravillas de Dios” (Hch 2,11) y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos (cf Hch 2, 17-18). Los que creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo (cf Hch 2,38).
1288 “Desde […] aquel tiempo, los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo (cf Hch 8,15-17; 19,5-6). Esto explica por qué en la carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros elementos de la formación cristiana, la doctrina del Bautismo y de la la imposición de las manos (cf Hb 6,2). Es esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés” (Pablo VI, Const. apost. Divinae consortium naturae).
1289 Muy pronto, para mejor significar el don del Espíritu Santo, se añadió a la imposición de las manos una unción con óleo perfumado (crisma). Esta unción ilustra el nombre de “cristiano” que significa “ungido” y que tiene su origen en el nombre de Cristo, al que “Dios ungió con el Espíritu Santo” (Hch 10,38). Y este rito de la unción existe hasta nuestros días tanto en Oriente como en Occidente. Por eso, en Oriente se llama a este sacramento crismación, unción con el crisma, o myron, que significa “crisma”. En Occidente el nombre de Confirmación sugiere que este sacramento al mismo tiempo confirma el Bautismo y robustece la gracia bautismal.
Dos tradiciones: Oriente y Occidente
1290 En los primeros siglos la Confirmación constituye generalmente una única celebración con el Bautismo, y forma con éste, según la expresión de san Cipriano (cf Epistula 73, 21), un “sacramento doble”. Entre otras razones, la multiplicación de los bautismos de niños, durante todo el tiempo del año, y la multiplicación de las parroquias (rurales), que agrandaron las diócesis, ya no permite la presencia del obispo en todas las celebraciones bautismales. En Occidente, por el deseo de reservar al obispo el acto de conferir la plenitud al Bautismo, se establece la separación temporal de ambos sacramentos. El Oriente ha conservado unidos los dos sacramentos, de modo que la Confirmación es dada por el presbítero que bautiza. Este, sin embargo, sólo puede hacerlo con el “myron” consagrado por un obispo (cf CCEO, can. 695,1; 696,1).
1291 Una costumbre de la Iglesia de Roma facilitó el desarrollo de la práctica occidental; había una doble unción con el santo crisma después del Bautismo: realizada ya una por el presbítero al neófito al salir del baño bautismal, es completada por una segunda unción hecha por el obispo en la frente de cada uno de los recién bautizados (cf San Hipólito Romano, Traditio apostolica, 21). La primera unción con el santo crisma, la que daba el sacerdote, quedó unida al rito bautismal; significa la participación del bautizado en las funciones profética, sacerdotal y real de Cristo. Si el Bautismo es conferido a un adulto, sólo hay una unción postbautismal: la de la Confirmación.
1292 La práctica de las Iglesias de Oriente destaca más la unidad de la iniciación cristiana. La de la Iglesia latina expresa más netamente la comunión del nuevo cristiano con su obispo, garante y servidor de la unidad de su Iglesia, de su catolicidad y su apostolicidad, y por ello, el vínculo con los orígenes apostólicos de la Iglesia de Cristo.

De la web opusdei

1. La confirmación en la Biblia y en la historia de la Iglesia
En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado. En el libro del Profeta Isaías se pone en labios del Mesías las siguientes palabras «El espíritu del Señor Yahvéh está sobre mí, por cuanto me ha ungido Yahvéh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado» (Isaías 61 1-2).
Algo similar se anuncia también para el entero pueblo de Dios; a sus miembros Dios dice: «infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos» (Ezequiel 36,27).
El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que Él era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios. Habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da «sin medida».
En repetidas ocasiones, Cristo prometió esta efusión del Espíritu, promesa que realizó primero el día de Pascua y luego, de manera más manifiesta, el día de Pentecostés. Llenos del Espíritu Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar las maravillas de Dios y Pedro declara que esta efusión del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos. Los Hechos de los apóstoles cuentan que los que creyeron en la predicación apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo mediante la imposición de las manos y la oración. Es ésta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa en la Iglesia, la gracia de Pentecostés.
Este cuadro bíblico se completa con la tradición paulina y joánica que vincula los conceptos de «unción» y «sello» con el Espíritu infundido sobre los cristianos. Esto último encontró expresión litúrgica ya en los más antiguos documentos, con la unción del candidato con óleo perfumado. Esta unción ilustra el nombre de “cristiano”, que significa “ungido”, y que tiene su origen en el nombre de Cristo, al que “Dios ungió con el Espíritu Santo”. Y este rito de la unción existe hasta nuestros días tanto en Oriente como en Occidente. Por eso, en Oriente se llama a este sacramento crismación, unción con el crisma, o myron, que significa “crisma”. En Occidente el nombre de Confirmación sugiere que este sacramento al mismo tiempo confirma el Bautismo y robustece la gracia bautismal.
Como se lee en los Hechos de los apóstoles, este sacramento se vivía ya en la Iglesia primitiva: «Al enterarse los Apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaría había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo» (Hechos de los Apóstoles 8,14-17).

Catecismo de la Iglesia Católica

II. Los signos y el rito de la Confirmación
1293 En el rito de este sacramento conviene considerar el signo de la unción y lo que la unción designa e imprime: el sello espiritual.
La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas significaciones: el aceite es signo de abundancia (cf Dt 11,14, etc.) y de alegría (cf Sal 23,5; 104,15); purifica (unción antes y después del baño) y da agilidad (la unción de los atletas y de los luchadores); es signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas (cf Is 1,6; Lc 10,34) y el ungido irradia belleza, santidad y fuerza.
1294 Todas estas significaciones de la unción con aceite se encuentran en la vida sacramental. La unción antes del Bautismo con el óleo de los catecúmenos significa purificación y fortaleza; la unción de los enfermos expresa curación y consuelo. La unción del santo crisma después del Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación, es el signo de una consagración. Por la Confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda “el buen olor de Cristo” (cf 2 Co 2,15).
1295 Por medio de esta unción, el confirmando recibe “la marca”, el sello del Espíritu Santo. El sello es el símbolo de la persona (cf Gn 38,18; Ct 8,9), signo de su autoridad (cf Gn41,42), de su propiedad sobre un objeto (cf. Dt 32,34) —por eso se marcaba a los soldados con el sello de su jefe y a los esclavos con el de su señor—; autentifica un acto jurídico (cf 1 R 21,8) o un documento (cf Jr 32,10) y lo hace, si es preciso, secreto (cf Is 29,11).
1296 Cristo mismo se declara marcado con el sello de su Padre (cf Jn 6,27). El cristiano también está marcado con un sello: “Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones” (2 Co 1,22; cf Ef 1,13; 4,30). Este sello del Espíritu Santo, marca la pertenencia total a Cristo, la puesta a su servicio para siempre, pero indica también la promesa de la protección divina en la gran prueba escatológica (cf Ap 7,2-3; 9,4; Ez 9,4-6).

LIBRO DE TEXTO
P 59
Promesa y cumplimiento
Institución
Testimonios antiguos
Declaraciones solemnes
Celebración de la Confirmación
Estructura esencial del signo sacramental
Las ceremonias
Ministro
Sujeto
Efectos
Necesidad

Catecismo de la Iglesia Católica

La celebración de la Confirmación
1297 Un momento importante que precede a la celebración de la Confirmación, pero que, en cierta manera forma parte de ella, es la consagración del santo crisma. Es el obispo quien, el Jueves Santo, en el transcurso de la misa crismal, consagra el santo crisma para toda su diócesis. En las Iglesias de Oriente, esta consagración está reservada al Patriarca:
La liturgia de Antioquía expresa así la epíclesis de la consagración del santo crisma (myron): « [Padre (…) envía tu Espíritu Santo] sobre nosotros y sobre este aceite que está delante de nosotros y conságralo, de modo que sea para todos los que sean ungidos y marcados con él, myron santo, myron sacerdotal, myron real, unción de alegría, vestidura de la luz, manto de salvación, don espiritual, santificación de las almas y de los cuerpos, dicha imperecedera, sello indeleble, escudo de la fe y casco terrible contra todas las obras del Adversario» (Pontificale iuxta ritum Ecclesiae Syrorum Occidentalium id est Antiochiae, Pars I, Versión latina).
1298 Cuando la Confirmación se celebra separadamente del Bautismo, como es el caso en el rito romano, la liturgia del sacramento comienza con la renovación de las promesas del Bautismo y la profesión de fe de los confirmandos. Así aparece claramente que la Confirmación constituye una prolongación del Bautismo (cf SC 71). Cuando es bautizado un adulto, recibe inmediatamente la Confirmación y participa en la Eucaristía (cf CIC can.866).
1299 En el rito romano, el obispo extiende las manos sobre todos los confirmandos, gesto que, desde el tiempo de los Apóstoles, es el signo del don del Espíritu. Y el obispo invoca así la efusión del Espíritu:
«Dios Todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que regeneraste, por el agua y el Espíritu Santo, a estos siervos tuyos y los libraste del pecado: escucha nuestra oración y envía sobre ellos el Espíritu Santo Paráclito; llénalos de espíritu de sabiduría y de inteligencia, de espíritu de consejo y de fortaleza, de espíritu de ciencia y de piedad; y cólmalos del espíritu de tu santo temor. Por Jesucristo nuestro Señor» (Ritual de la Confirmación, 25).
1300 Sigue el rito esencial del sacramento. En el rito latino, “el sacramento de la Confirmación es conferido por la unción del santo crisma en la frente, hecha imponiendo la mano, y con estas palabras: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo” (Pablo VI, Const. ap. Divinae consortium naturae). En las Iglesias orientales de rito bizantino, la unción del myron se hace después de una oración de epíclesis, sobre las partes más significativas del cuerpo: la frente, los ojos, la nariz, los oídos, los labios, el pecho, la espalda, las manos y los pies, y cada unción va acompañada de la fórmula: Sfragis doreas Pnéumatos Agíou (“Sello del don que es el Espíritu Santo”) (Rituale per le Chiese orientali di rito bizantino in lingua greca, Pars I).
1301 El beso de paz con el que concluye el rito del sacramento significa y manifiesta la comunión eclesial con el obispo y con todos los fieles (cf San Hipólito Romano, Traditio apostolica, 21).

De la web opusdei

2. El rito de la Confirmación
Por medio de la unción con el aceite, el confirmando recibe “la marca”, el sello del Espíritu Santo. La unción del santo crisma después del Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación, es el signo de una consagración. Por la Confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda “el buen olor de Cristo”.
Un momento importante que precede a la celebración de la Confirmación, pero que, en cierta manera forma parte de ella, es la consagración del santo crisma. Es el obispo quien, el Jueves Santo, en el transcurso de la misa crismal, consagra el santo crisma para toda su diócesis.
La liturgia del sacramento comienza con la renovación de las promesas del Bautismo y la profesión de fe de los confirmandos. Así aparece claramente que la Confirmación constituye una prolongación del Bautismo.
En el rito romano, el obispo extiende las manos sobre todos los confirmandos, gesto que, desde el tiempo de los Apóstoles, es el signo del don del Espíritu. Y el obispo invoca así la efusión del Espíritu:
«Dios Todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que regeneraste, por el agua y el Espíritu Santo, a estos siervos tuyos y los libraste del pecado: escucha nuestra oración y envía sobre ellos el Espíritu Santo Paráclito; llénalos de espíritu de sabiduría y de inteligencia, de espíritu de consejo y de fortaleza, de espíritu de ciencia y de piedad; y cólmalos del espíritu de tu santo temor. Por Jesucristo nuestro Señor» (Ritual de la Confirmación, 25).
Sigue el rito esencial del sacramento. En el rito latino, «el sacramento de la Confirmación es conferido por la unción del santo crisma en la frente, hecha imponiendo la mano, y con estas palabras: “Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo» (Pablo VI, Const. ap. Divinae consortium naturae).
El beso de paz con el que concluye el rito del sacramento significa y manifiesta la comunión eclesial con el obispo y con todos los fieles.
El ministro originario de la Confirmación es el obispo. Aunque el obispo puede, en caso de necesidad, conceder a otros presbíteros la facultad de administrar el sacramento de la Confirmación, conviene que lo confiera él mismo.

Catecismo de la Iglesia Católica

III. Los efectos de la Confirmación
1302 De la celebración se deduce que el efecto del sacramento de la Confirmación es la efusión especial del Espíritu Santo, como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.
1303 Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:
— nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir “Abbá, Padre” (Rm 8,15).;
— nos une más firmemente a Cristo;
— aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;
— hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia (cf LG 11);
— nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz (cf DS 1319; LG 11,12):
«Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu» (San Ambrosio, De mysteriis 7,42).
1304 La Confirmación, como el Bautismo del que es la plenitud, sólo se da una vez. La Confirmación, en efecto, imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el “carácter” (cf DS 1609), que es el signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo (cf Lc 24,48-49).
1305 El “carácter” perfecciona el sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y “el confirmado recibe el poder de confesar la fe de Cristo públicamente, y como en virtud de un cargo (quasi ex officio)” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q.72, a. 5, ad 2).
IV. Quién puede recibir este sacramento
1306 Todo bautizado, aún no confirmado, puede y debe recibir el sacramento de la Confirmación (cf CIC can. 889, 1). Puesto que Bautismo, Confirmación y Eucaristía forman una unidad, de ahí se sigue que “los fieles tienen la obligación de recibir este sacramento en tiempo oportuno” (CIC, can. 890), porque sin la Confirmación y la Eucaristía, el sacramento del Bautismo es ciertamente válido y eficaz, pero la iniciación cristiana queda incompleta.
1307 La costumbre latina, desde hace siglos, indica “la edad del uso de razón”, como punto de referencia para recibir la Confirmación. Sin embargo, en peligro de muerte, se debe confirmar a los niños incluso si no han alcanzado todavía la edad del uso de razón (cf CIC can. 891; 893,3).
1308 Si a veces se habla de la Confirmación como del “sacramento de la madurez cristiana”, es preciso, sin embargo, no confundir la edad adulta de la fe con la edad adulta del crecimiento natural, ni olvidar que la gracia bautismal es una gracia de elección gratuita e inmerecida que no necesita una “ratificación” para hacerse efectiva. Santo Tomás lo recuerda:
«La edad del cuerpo no prejuzga la del alma. Así, incluso en la infancia, el hombre puede recibir la perfección de la edad espiritual de que habla la Sabiduría (4,8): “La vejez honorable no es la que dan los muchos días, no se mide por el número de los años”. Así numerosos niños, gracias a la fuerza del Espíritu Santo que habían recibido, lucharon valientemente y hasta la sangre por Cristo» (Summa theologiae 3, q. 72, a. 8, ad 2).
1309 La preparación para la Confirmación debe tener como meta conducir al cristiano a una unión más íntima con Cristo, a una familiaridad más viva con el Espíritu Santo, su acción, sus dones y sus llamadas, a fin de poder asumir mejor las responsabilidades apostólicas de la vida cristiana. Por ello, la catequesis de la Confirmación se esforzará por suscitar el sentido de la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, tanto a la Iglesia universal como a la comunidad parroquial. Esta última tiene una responsabilidad particular en la preparación de los confirmandos (cf Ritual de la Confirmación, Praenotandos 3).
1310 Para recibir la Confirmación es preciso hallarse en estado de gracia. Conviene recurrir al sacramento de la Penitencia para ser purificado en atención al don del Espíritu Santo. Hay que prepararse con una oración más intensa para recibir con docilidad y disponibilidad la fuerza y las gracias del Espíritu Santo (cf Hch 1,14).
1311 Para la Confirmación, como para el Bautismo, conviene que los candidatos busquen la ayuda espiritual de un padrino o de una madrina. Conviene que sea el mismo que para el Bautismo a fin de subrayar la unidad entre los dos sacramentos (cf Ritual de la Confirmación, Praenotandos 5; Ibíd.,6; CIC can. 893, 1.2).
V. El ministro de la Confirmación
1312 El ministro originario de la Confirmación es el obispo (LG 26).
En Oriente es ordinariamente el presbítero que bautiza quien da también inmediatamente la Confirmación en una sola celebración. Sin embargo, lo hace con el santo crisma consagrado por el patriarca o el obispo, lo cual expresa la unidad apostólica de la Iglesia cuyos vínculos son reforzados por el sacramento de la Confirmación. En la Iglesia latina se aplica la misma disciplina en los bautismos de adultos y cuando es admitido a la plena comunión con la Iglesia un bautizado de otra comunidad cristiana que no ha recibido válidamente el sacramento de la Confirmación (cf CIC can 883,2).
1313 En el rito latino, el ministro ordinario de la Conformación es el obispo (CIC can. 882). Aunque el obispo puede, en caso de necesidad, conceder a presbíteros la facultad de administrar el sacramento de la Confirmación (CIC can. 884,2), conviene que lo confiera él mismo, sin olvidar que por esta razón la celebración de la Confirmación fue temporalmente separada del Bautismo. Los obispos son los sucesores de los Apóstoles y han recibido la plenitud del sacramento del orden. Por esta razón, la administración de este sacramento por ellos mismos pone de relieve que la Confirmación tiene como efecto unir a los que la reciben más estrechamente a la Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a su misión de dar testimonio de Cristo.
1314 Si un cristiano está en peligro de muerte, cualquier presbítero puede darle la Confirmación (cf CIC can. 883,3). En efecto, la Iglesia quiere que ninguno de sus hijos, incluso en la más tierna edad, salga de este mundo sin haber sido perfeccionado por el Espíritu Santo con el don de la plenitud de Cristo.
Resumen
1315 “Al enterarse los Apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaría había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (Hch 8,14-17).
1316 La Confirmación perfecciona la gracia bautismal; es el sacramento que da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos todavía más a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras.
1317 La Confirmación, como el Bautismo, imprime en el alma del cristiano un signo espiritual o carácter indeleble; por eso este sacramento sólo se puede recibir una vez en la vida.
1318 En Oriente, este sacramento es administrado inmediatamente después del Bautismo y es seguido de la participación en la Eucaristía, tradición que pone de relieve la unidad de los tres sacramentos de la iniciación cristiana. En la Iglesia latina se administra este sacramento cuando se ha alcanzado el uso de razón, y su celebración se reserva ordinariamente al obispo, significando así que este sacramento robustece el vínculo eclesial.
1319 El candidato a la Confirmación que ya ha alcanzado el uso de razón debe profesar la fe, estar en estado de gracia, tener la intención de recibir el sacramento y estar preparado para asumir su papel de discípulo y de testigo de Cristo, en la comunidad eclesial y en los asuntos temporales.
1320 El rito esencial de la Confirmación es la unción con el Santo Crisma en la frente del bautizado (y en Oriente, también en los otros órganos de los sentidos), con la imposición de la mano del ministro y las palabras: Accipe signaculum doni Spiritus Sancti (“Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”), en el rito romano; Signaculum doni Spiritus Sancti(“Sello del don del Espíritu Santo”), en el rito bizantino.
1321 Cuando la Confirmación se celebra separadamente del Bautismo, su conexión con el Bautismo se expresa entre otras cosas por la renovación de los compromisos bautismales. La celebración de la Confirmación dentro de la Eucaristía contribuye a subrayar la unidad de los sacramentos de la iniciación cristiana.

JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 30 de septiembre de 1998

1. En este segundo año de preparación para el gran jubileo del año 2000, el redescubrimiento de la presencia del Espíritu Santo nos impulsa a dirigir una atención particular al sacramento de la confirmación (cf. Tertio millennio adveniente, 45). Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, la confirmación «perfecciona la gracia bautismal; (…) da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos todavía más a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras» (n. 1316).
En efecto, el sacramento de la confirmación asocia íntimamente al cristiano a la unción de Cristo, a quien «Dios ungió con el Espíritu Santo» (Hch 10, 38). Esa unción es evocada en el nombre mismo del «cristiano», que proviene del de «Cristo», traducción griega del término hebreo «mesías», que significa precisamente «ungido». Cristo es el Mesías, el Ungido de Dios.
Gracias al sello del Espíritu conferido por la confirmación, el cristiano logra su plena identidad y toma conciencia de su misión en la Iglesia y en el mundo. «Antes de que se os confiriera esa gracia —escribe san Cirilo de Jerusalén— no erais bastante dignos de este nombre, pero estabais en camino de ser cristianos» (Catech. myst., III, 4: PG 33, 1092).
2. Para comprender toda la riqueza de gracia contenida en el sacramento de la confirmación, que con el bautismo y la Eucaristía constituye el conjunto orgánico de los «sacramentos de la iniciación cristiana», es preciso captar su significado a la luz de la historia de la salvación.
En el Antiguo Testamento, los profetas anuncian que el Espíritu de Dios vendrá sobre el Mesías prometido (cf. Is 11, 2) y, al mismo tiempo, será comunicado a todo el pueblo mesiánico (cf. Ez 36, 25-27; Jl 3, 1-2). En la «plenitud de los tiempos», Jesús es concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María (cf. Lc 1, 35). Con la venida del Espíritu Santo sobre él, en el momento del bautismo en el río Jordán, se manifestó como el Mesías prometido, el Hijo de Dios (cf. Mt 3, 13-17; Jn 1, 33-34). Toda su vida se realiza en una comunión total con el Espíritu Santo, que él da «sin medida» (Jn 3, 34), como culminación escatológica de su misión según su promesa (cf. Lc 12, 12; Jn 3, 5-8; 7, 37-39; 16, 7-15; Hch 1, 8). Jesús comunica el Espíritu «soplando» sobre los Apóstoles el día de la Resurrección (cf. Jn 20, 22) y, luego, con la efusión solemne y magnífica del día de Pentecostés (cf. Hch 2, 1-4).
Así, los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, comienzan a «anunciar las maravillas de Dios» (cf. Hch 2, 11). También los que creen en su predicación y se bautizan reciben «el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38).
Los Hechos de los Apóstoles, con ocasión de la evangelización de Samaría, sugieren claramente la distinción entre la confirmación y el bautismo. Felipe, uno de los Siete diáconos, es quien predica la fe y bautiza; luego vienen los apóstoles Pedro y Juan, e imponen las manos a los recién bautizados para que reciban al Espíritu Santo (cf. Hch 8, 5-17). De manera semejante, en Éfeso, el apóstol Pablo impone las manos a un grupo de recién bautizados «y vino sobre ellos el Espíritu Santo» (Hch 19, 6).
3. El sacramento de la confirmación «perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia la gracia de Pentecostés» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1288). El bautismo, que la tradición cristiana llama «el pórtico de la vida en el espíritu» (ib., n. 1213), nos hace renacer «del agua y del Espíritu» (cf. Jn 3, 5); gracias a él participamos sacramentalmente de la muerte y la resurrección de Cristo (cf. Rm6, 1-11). La confirmación, a su vez, nos hace partícipes plenamente de la efusión del Espíritu Santo que lleva a cabo el Señor resucitado.
El vínculo inseparable que existe entre la Pascua de Jesucristo y la efusión pentecostal del Espíritu Santo se expresa en la íntima relación que une los sacramentos del bautismo y la confirmación. Asimismo, el hecho de que en los primeros siglos la confirmación constituía en general «una única celebración con el bautismo, formando con éste, según la expresión de san Cipriano, un sacramento doble» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1290), manifiesta ese estrecho vínculo. Esta práctica se ha conservado hasta hoy en Oriente, mientras que en Occidente, por múltiples causas, se ha consolidado la celebración sucesiva, y también normalmente distanciada, de los dos sacramentos.
Ya desde el tiempo de los Apóstoles, la imposición de las manos significa de forma eficaz la plena comunicación del don del Espíritu Santo a los bautizados. Para expresar mejor el don del Espíritu, se le añadió pronto una unción de óleo perfumado, llamado «crisma». En efecto, mediante la confirmación, los cristianos, consagrados con la unción en el bautismo, participan en la plenitud del Espíritu, del que Jesús estaba lleno, para que toda su vida difunda el «perfume de Cristo» (2 Co 2, 15).
4. Las diferencias rituales que, en el decurso de los siglos, ha conocido la confirmación en Oriente y en Occidente, según las diversas sensibilidades espirituales de las dos tradiciones y como respuesta a varias exigencias pastorales, expresan la riqueza del sacramento y su pleno significado en la vida cristiana.
En Oriente, este sacramento se llama «crismación», unción con el «crisma», o «myron». En Occidente, el término confirmación expresa la corroboración del bautismo en cuanto fortalecimiento de la gracia mediante el sello del Espíritu Santo. En Oriente, al estar unidos los dos sacramentos, la crismación es conferida por el mismo presbítero que bautiza, aunque realiza la unción con el crisma consagrado por el obispo (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1312). En el rito latino el ministro ordinario de la confirmación es el obispo, que, por razones graves, puede conceder esa facultad a algunos sacerdotes (cf. ib., n. 1313).
Así, «la práctica de las Iglesias de Oriente destaca más la unidad de la iniciación cristiana. La de la Iglesia latina expresa más claramente la comunión del nuevo cristiano con su obispo, garante y servidor de la unidad de su Iglesia, de su catolicidad y su apostolicidad, y por ello, el vínculo con los orígenes apostólicos de la Iglesia de Cristo» (ib., n. 1292).
5. Cuanto hemos explicado permite destacar no sólo el significado de la confirmación en el conjunto orgánico de los sacramentos de la iniciación cristiana, sino también la eficacia insustituible que tiene con miras a la plena maduración de la vida cristiana. Un compromiso decisivo de la pastoral, que conviene intensificar en el camino de preparación al jubileo, consiste en formar con gran esmero a los bautizados que se están preparando para recibir la confirmación, introduciéndolos en las fascinadoras profundidades del misterio que significa y actúa. Al mismo tiempo es necesario ayudar a los confirmados a redescubrir con gozoso estupor la eficacia salvífica de este don del Espíritu Santo.
***
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 30 de septiembre de 1998

1. En este segundo año de preparación para el gran jubileo del año 2000, el redescubrimiento de la presencia del Espíritu Santo nos impulsa a dirigir una atención particular al sacramento de la confirmación (cf. Tertio millennio adveniente, 45). Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, la confirmación «perfecciona la gracia bautismal; (…) da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos todavía más a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras» (n. 1316).
En efecto, el sacramento de la confirmación asocia íntimamente al cristiano a la unción de Cristo, a quien «Dios ungió con el Espíritu Santo» (Hch 10, 38). Esa unción es evocada en el nombre mismo del «cristiano», que proviene del de «Cristo», traducción griega del término hebreo «mesías», que significa precisamente «ungido». Cristo es el Mesías, el Ungido de Dios.
Gracias al sello del Espíritu conferido por la confirmación, el cristiano logra su plena identidad y toma conciencia de su misión en la Iglesia y en el mundo. «Antes de que se os confiriera esa gracia —escribe san Cirilo de Jerusalén— no erais bastante dignos de este nombre, pero estabais en camino de ser cristianos» (Catech. myst., III, 4: PG 33, 1092).
2. Para comprender toda la riqueza de gracia contenida en el sacramento de la confirmación, que con el bautismo y la Eucaristía constituye el conjunto orgánico de los «sacramentos de la iniciación cristiana», es preciso captar su significado a la luz de la historia de la salvación.
En el Antiguo Testamento, los profetas anuncian que el Espíritu de Dios vendrá sobre el Mesías prometido (cf. Is 11, 2) y, al mismo tiempo, será comunicado a todo el pueblo mesiánico (cf. Ez 36, 25-27; Jl 3, 1-2). En la «plenitud de los tiempos», Jesús es concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María (cf. Lc 1, 35). Con la venida del Espíritu Santo sobre él, en el momento del bautismo en el río Jordán, se manifestó como el Mesías prometido, el Hijo de Dios (cf. Mt 3, 13-17; Jn 1, 33-34). Toda su vida se realiza en una comunión total con el Espíritu Santo, que él da «sin medida» (Jn 3, 34), como culminación escatológica de su misión según su promesa (cf. Lc 12, 12; Jn 3, 5-8; 7, 37-39; 16, 7-15; Hch 1, 8). Jesús comunica el Espíritu «soplando» sobre los Apóstoles el día de la Resurrección (cf. Jn 20, 22) y, luego, con la efusión solemne y magnífica del día de Pentecostés (cf. Hch 2, 1-4).
Así, los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, comienzan a «anunciar las maravillas de Dios» (cf. Hch 2, 11). También los que creen en su predicación y se bautizan reciben «el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38).
Los Hechos de los Apóstoles, con ocasión de la evangelización de Samaría, sugieren claramente la distinción entre la confirmación y el bautismo. Felipe, uno de los Siete diáconos, es quien predica la fe y bautiza; luego vienen los apóstoles Pedro y Juan, e imponen las manos a los recién bautizados para que reciban al Espíritu Santo (cf. Hch 8, 5-17). De manera semejante, en Éfeso, el apóstol Pablo impone las manos a un grupo de recién bautizados «y vino sobre ellos el Espíritu Santo» (Hch 19, 6).
3. El sacramento de la confirmación «perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia la gracia de Pentecostés» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1288). El bautismo, que la tradición cristiana llama «el pórtico de la vida en el espíritu» (ib., n. 1213), nos hace renacer «del agua y del Espíritu» (cf. Jn 3, 5); gracias a él participamos sacramentalmente de la muerte y la resurrección de Cristo (cf. Rm6, 1-11). La confirmación, a su vez, nos hace partícipes plenamente de la efusión del Espíritu Santo que lleva a cabo el Señor resucitado.
El vínculo inseparable que existe entre la Pascua de Jesucristo y la efusión pentecostal del Espíritu Santo se expresa en la íntima relación que une los sacramentos del bautismo y la confirmación. Asimismo, el hecho de que en los primeros siglos la confirmación constituía en general «una única celebración con el bautismo, formando con éste, según la expresión de san Cipriano, un sacramento doble» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1290), manifiesta ese estrecho vínculo. Esta práctica se ha conservado hasta hoy en Oriente, mientras que en Occidente, por múltiples causas, se ha consolidado la celebración sucesiva, y también normalmente distanciada, de los dos sacramentos.
Ya desde el tiempo de los Apóstoles, la imposición de las manos significa de forma eficaz la plena comunicación del don del Espíritu Santo a los bautizados. Para expresar mejor el don del Espíritu, se le añadió pronto una unción de óleo perfumado, llamado «crisma». En efecto, mediante la confirmación, los cristianos, consagrados con la unción en el bautismo, participan en la plenitud del Espíritu, del que Jesús estaba lleno, para que toda su vida difunda el «perfume de Cristo» (2 Co 2, 15).
4. Las diferencias rituales que, en el decurso de los siglos, ha conocido la confirmación en Oriente y en Occidente, según las diversas sensibilidades espirituales de las dos tradiciones y como respuesta a varias exigencias pastorales, expresan la riqueza del sacramento y su pleno significado en la vida cristiana.
En Oriente, este sacramento se llama «crismación», unción con el «crisma», o «myron». En Occidente, el término confirmación expresa la corroboración del bautismo en cuanto fortalecimiento de la gracia mediante el sello del Espíritu Santo. En Oriente, al estar unidos los dos sacramentos, la crismación es conferida por el mismo presbítero que bautiza, aunque realiza la unción con el crisma consagrado por el obispo (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1312). En el rito latino el ministro ordinario de la confirmación es el obispo, que, por razones graves, puede conceder esa facultad a algunos sacerdotes (cf. ib., n. 1313).
Así, «la práctica de las Iglesias de Oriente destaca más la unidad de la iniciación cristiana. La de la Iglesia latina expresa más claramente la comunión del nuevo cristiano con su obispo, garante y servidor de la unidad de su Iglesia, de su catolicidad y su apostolicidad, y por ello, el vínculo con los orígenes apostólicos de la Iglesia de Cristo» (ib., n. 1292).
5. Cuanto hemos explicado permite destacar no sólo el significado de la confirmación en el conjunto orgánico de los sacramentos de la iniciación cristiana, sino también la eficacia insustituible que tiene con miras a la plena maduración de la vida cristiana. Un compromiso decisivo de la pastoral, que conviene intensificar en el camino de preparación al jubileo, consiste en formar con gran esmero a los bautizados que se están preparando para recibir la confirmación, introduciéndolos en las fascinadoras profundidades del misterio que significa y actúa. Al mismo tiempo es necesario ayudar a los confirmados a redescubrir con gozoso estupor la eficacia salvífica de este don del Espíritu Santo.
***
Catequesis del Papa Francisco sobre la importancia del sacramento de la Confirmación
Redacción ACI Prensa
376145

El Papa junto a un grupo de jóvenes en la Audiencia General. Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa
Durante la Audiencia General de este miércoles 30 de mayo, el Papa Francisco destacó la importancia de la acción del Espíritu Santo en el mantenimiento de la unidad de la Iglesia, y recordó los compromisos de aquellos que reciben el sacramento de la Confirmación.
En la catequesis, el Santo Padre explicó el significado de los diferentes signos del rito de la Confirmación, y destacó la imposición de manos y el santo óleo.
“Por tradición atestiguada por los Apóstoles, el Espíritu que completa la gracia del Bautismo se transmite por medio de la imposición de manos. A este gesto bíblico, para expresar mejor la efusión del Espíritu que impregna a quienes lo reciben, desde el principio se le ha añadido la unción del óleo perfumado, llamado crisma, que permanece en uso hasta el día de hoy, tanto en Oriente como en Occidente”.
A continuación, el texto completo de la catequesis del Papa Francisco.
Queridos hermanos y hermanas:
Continuando con el tema de la Confirmación o Cresimación, hoy deseo resaltar la “íntima relación de este sacramento con toda la iniciación cristiana” (Sacrosanctum Concilium, 71).
Antes de recibir la unción espiritual que confirma y fortalece la gracia del bautismo, los que van a ser confirmados están llamados a renovar las promesas hechas un día por sus padres y padrinos. Ahora son ellos mismos los que profesan la fe de la Iglesia, dispuestos a responder “creo” a las preguntas del obispo. Dispuestos, en particular, a creer “en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que hoy os será comunicado de un modo singular por el sacramento de la Confirmación, como fue dado a los Apóstoles el día de Pentecostés” (Rito de Confirmación, No. 26).
Ya que la venida del Espíritu Santo requiere corazones reunidos en oración (Hechos 1:14), después de la oración silenciosa de la comunidad, el obispo, con las manos extendidas sobre los que se van a confirmar, suplica a Dios que infunda en ellos su santo Espíritu Paráclito. Uno sólo es el Espíritu, (cf. 1 Cor 12,4) pero viniendo a nosotros trae consigo riqueza de dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y santo temor de Dios (cf. Rito de la confirmación, 28-29).
Hemos escuchado el pasaje de la Biblia con estos dones que trae el Espíritu Santo. Según el profeta Isaías (11: 2), estas son las siete virtudes del Espíritu derramadas sobre el Mesías para el cumplimiento de su misión. También San Pablo describe el abundante fruto del Espíritu que es “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gal 5, 22).
El único Espíritu distribuye los múltiples dones que enriquecen a la única Iglesia: él es el Autor de la diversidad, pero al mismo tiempo el Creador de la unidad. Así, el Espíritu da todas estas riquezas que son diversas, pero del mismo modo aporta la armonía, es decir la unidad de todas estas riquezas espirituales que tenemos nosotros, los cristianos.
Por tradición atestiguada por los Apóstoles, el Espíritu que completa la gracia del bautismo se comunica a través de la imposición de las manos (cf. Hechos 8.15 a 17; 19.5 a 6; Heb 6,2). A este gesto bíblico, para reflejar mejor la efusión del Espíritu que impregna a los que la reciben, muy pronto, para mejor significar el don del Espíritu Santo, se añadió a la imposición de las manos una unción con óleo perfumado (crisma)[1]], mantenida en uso hasta hoy, tanto en Oriente como en Occidente. (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1289).
El óleo –el crisma- es una sustancia terapéutica y cosmética que, al penetrar en los tejidos del cuerpo cura las heridas y perfuma los miembros; por estas cualidades fue asumido por el simbolismo bíblico y litúrgico para expresar la acción del Espíritu Santo que consagra e impregna al bautizado, embelleciéndolo con carismas.
El sacramento es conferido mediante la unción con el crisma en la frente, efectuada por el obispo con la imposición de la mano y con estas palabras: “Recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo”[2].El Espíritu Santo es el don invisible otorgado y el crisma es su sello visible.
Al recibir en la frente la señal de la cruz con el óleo perfumado, el confirmado recibe así una huella espiritual indeleble, el “carácter” que lo configura más perfectamente a Cristo y le da la gracia para difundir entre los hombres el “buen olor” (ver 2 Cor 2:15).
Escuchemos nuevamente la invitación de San Ambrosio al recién confirmado. Dice así: “Recuerda que has recibido el sello espiritual […] y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado, Cristo el Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón como prenda al Espíritu “(De mysteriis 7,42: CSEL 73,106; cf. CIC, 1303). El Espíritu es un don inmerecido, que hay que recibir con gratitud, dejando espacio a su creatividad inagotable. Es un don para conservar con cuidado, para secundar con docilidad, dejándose moldear, como la cera, por su ardiente caridad, ‘para reflejar a Jesucristo en el mundo de hoy’ (ibid.Gaudete et Exsultate, 23).

REPASAMOS CON EL DERECHO CANÓNICO:

TÍTULO II

DEL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN (Cann. 879 – 896)
879 El sacramento de la confirmación, que imprime carácter y por el que los bautizados, avanzando por el camino de la iniciación cristiana, quedan enriquecidos con el don del Espíritu Santo y vinculados más perfectamente a la Iglesia, los fortalece y obliga con mayor fuerza a que, de palabra y obra, sean testigos de Cristo y propaguen y defiendan la fe.
CAPÍTULO I

DEL MODO DE CELEBRAR LA CONFIRMACIÓN
880
§ 1. El sacramento de la confirmación se administra por la unción con el crisma en la frente, que se hace con imposición de la mano, y por las palabras prescritas en los libros litúrgicos aprobados.
§ 2. El crisma que se debe emplear en la confirmación ha de ser consagrado por el Obispo, aunque sea un presbítero quien administre el sacramento.
881 Conviene que el sacramento de la confirmación se celebre en una iglesia y dentro de la Misa; sin embargo, por causa justa y razonable, puede celebrarse fuera de la Misa y en cualquier lugar digno.
CAPÍTULO II

DEL MINISTRO DE LA CONFIRMACIÓN
882 El ministro ordinario de la confirmación es el Obispo; también administra válidamente este sacramento el presbítero dotado de facultad por el derecho universal o por concesión peculiar de la autoridad competente.
883 Gozan ipso iure de la facultad de confirmar:

• 1 dentro de los límites de su jurisdicción, quienes en el derecho se equiparan al Obispo diocesano;

• 2 respecto a la persona de que se trata, el presbítero que, por razón de su oficio o por mandato del Obispo diocesano, bautiza a quien ha sobrepasado la infancia, o admite a uno ya bautizado en la comunión plena de la Iglesia católica;

• 3 para los que se encuentran en peligro de muerte, el párroco, e incluso cualquier presbítero.
884
§ 1. El Obispo diocesano debe administrar por sí mismo la confirmación, o cuidar de que la administre otro Obispo; pero si la necesidad lo requiere, puede conceder facultad a uno o varios presbíteros determinados, para que administren este sacramento.
§ 2. Por causa grave, el Obispo, y asimismo el presbítero dotado de facultad de confirmar por el derecho o por concesión de la autoridad competente, pueden, en casos particulares, asociarse otros presbíteros, que administren también el sacramento.
885
§ 1. El Obispo diocesano tiene la obligación de procurar que se administre el sacramento de la confirmación a sus súbditos que lo pidan debida y razonablemente.
§ 2. El presbítero que goza de esta facultad, debe utilizarla para con aquellos en cuyo favor se le ha concedido la facultad.
886
§ 1. Dentro de su diócesis, el Obispo administra legítimamente el sacramento de la confirmación también a aquellos fieles que no son súbditos suyos, a no ser que obste una prohibición expresa de su Ordinario propio.
§ 2. Para administrar lícitamente la confirmación en una diócesis ajena, un Obispo necesita licencia del Obispo diocesano, al menos razonablemente presunta, a no ser que se trate de sus propios súbditos.
887 Dentro del territorio que se le ha señalado, el presbítero que goza de la facultad de confirmar puede administrar lícitamente este sacramento también a los extraños, a no ser que obste una prohibición de su Ordinario propio; pero, quedando a salvo lo que prescribe el c. 883, 3, no puede administrarlo a nadie válidamente en territorio ajeno.
888 Dentro del territorio en el cual están facultados para confirmar, los ministros pueden administrar este sacramento también en los lugares exentos.
CAPÍTULO III

DE LOS QUE VAN A SER CONFIRMADOS
889
§ 1. Sólo es capaz de recibir la confirmación todo bautizado aún no confirmado.
§ 2. Fuera del peligro de muerte, para que alguien reciba lícitamente la confirmación se requiere que, si goza de uso de razón esté convenientemente instruido, bien dispuesto y pueda renovar las promesas del bautismo.
890 Los fieles están obligados a recibir este sacramento en el tiempo oportuno; los padres y los pastores de almas, sobre todo los párrocos, procuren que los fieles sean bien preparados para recibirlo y que lo reciban en el tiempo oportuno.
891 El sacramento de la confirmación se ha de administrar a los fieles en torno a la edad de la discreción, a no ser que la Conferencia Episcopal determine otra edad, o exista peligro de muerte o, a juicio del ministro, una causa grave aconseje otra cosa.
CAPÍTULO IV

DE LOS PADRINOS
892 En la medida de lo posible, tenga el confirmando un padrino, a quien corresponde procurar que se comporte como verdadero testigo de Cristo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al sacramento.
893
§ 1. Para que alguien pueda ser padrino, es necesario que cumpla las condiciones expresadas en el c. 874.
§ 2. Es conveniente que se escoja como padrino a quien asumió esa misión en el bautismo.
CAPÍTULO V

DE LA PRUEBA Y ANOTACIÓN DE LA CONFIRMACIÓN
894 Para probar la administración de la confirmación, obsérvense las prescripciones del c. 876.
895 Deben inscribirse los nombres de los confirmados en el libro de confirmaciones de la Curia diocesana, dejando constancia del ministro, de los padres y padrinos, y del lugar y día de la administración del sacramento, o, donde lo mande la Conferencia Episcopal o el Obispo diocesano, en el libro que ha de guardarse en el archivo parroquial; el párroco debe notificarlo al párroco del lugar del bautismo, para que se haga la anotación en el libro de bautismos a tenor del c. 535 § 2.
896 Si el párroco del lugar no hubiere estado presente, debe el ministro, por sí mismo o por medio de otro, comunicarle cuanto antes la confirmación administrada.

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: