El arte de educar

26 enero, 2015

Afinar el carácter todos los días

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José Luis Font Nogués

Parece que creemos haber descubierto mucho hasta el siglo XXI, pero acerca de la persona ya eran sabios en la cultura griega. Por ejemplo, Ovidio escribe en su libro Metamorfosis unas historias que parecen mitológicas, pero que reflejan cosas sabias sobre la misma humanidad.

Escultura de Bernini

Apolo y Dafne (Bernini)

Un ejemplo es el caso de Apolo y Dafne, bellamente representados por Bernini en la época barroca. Apolo pretende amar a una Dafne que no se deja y que en sus convicciones se va convirtiendo en árbol, en cortezas, raíces y ramas; quizá Apolo lo único que puede aprovechar son las hojas para hacer coronas a los héroes de su época.

Apolo no puede conseguir algo que pretende y nosotros inventamos muchas fantasías –depende del ingenio de cada cual- de las que quizá pocas podamos conseguir. Y nos podemos preguntar “¿para qué inventar cosas?”.

Dentro de nuestra personalidad, de nuestro peculiar modo de ser, también podemos inventar una vez sorprendidos por nosotros mismos y nos viene bien conocer algunos aspectos como son: la mucha o poca conmoción que nos producen los acontecimientos, que mide la emotividad personal; la capacidad de ser llevado a actuar continuamente o a ser más bien pasivo, que mide la actividad personal; la repercusión de las impresiones en el ánimo, que mide la resonancia que los acontecimientos tienen en nuestro interior.
Así, la emotividad mide aspectos como el reír o llorar, hablar en voz fuerte o débil, ser intuitivo o abstracto y otros detalles más; la actividad mide aspectos como el estar siempre más bien ocupado o desocupado, ser decidido o indeciso, tener cierta inercia interior o no; la resonancia ve si las impresiones son fugaces o duraderas, o si la persona es más bien tradicional o innovadora.

Algunos estudiosos que están muy seguros de estas catalogaciones han pensado que el gran artista Miguel Ángel pudiera haber sido de carácter apasionado por ser emotivo, activo y secundario, y que Chopin pudiera haber sido de carácter nervioso por ser emotivo, no activo y primario. No son cosas automáticas, ni matemáticas ni exactas así como tampoco se da en nuestras naturalezas un tipo nítido de carácter así catalogado.

Pero sería inútil enloquecer investigando las características personales, mucho más cuando nos viene dado por nacimiento; aunque a la vez sí que es muy útil tener ciertas nociones de conocimiento personal y se puede hablar amigablemente con alguien que entienda algo de estos temas y pueda aconsejar.

A lo anterior se añaden otras nociones tales como la inteligencia emocional, el pensamiento positivo o la conveniencia de encontrar refuerzos para que se produzcan sinergias positivas en nuestras actuaciones personales de tal forma que respondamos a los acontecimientos lo más favorablemente posible.

De modo genérico podría decirse que conviene vivir intensamente cada día y con buen grado de felicidad, entusiasmarse por personas o cosas, ser prudente, ver el lado bueno de todo, saber disfrutar con lo pequeño, saber respetar y congratularse con las personas.

Buscando una altura superior y trascendente, también conviene contemplar el sentido divino de las cosas y buscar la mayor perfección humana posible que para los de religión cristiana es hacerlo a la manera de Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre. Así, se puede lograr mediante una buena relación con Él un carácter equilibrado y lleno de serenidad. Para que los imperfectos seres humanos podamos lograr eso hace falta saber qué caprichos o características defectuosas de nuestro carácter hemos de desterrar. No es esto otra cosa sino un cierto modo de ver aquella frase tan concreta que gustaba mucho repetir a Juan Pablo II: “Cristo hace hombre al hombre”; aunque cada persona tenga el acierto de trabajar bien su forma de ser, también Cristo ayuda a la mejora personal en esto.

Una ley general se puede establecer para llevar fácilmente el carácter: limar el carácter, armonizar facetas del propio carácter, no ser intransigentes para hacer cosas de la mano del carácter que nos hagan hacer el ridículo, por ejemplo: exagerar convicciones que realmente pueden ser de una forma o de otra, o bien lo contrario, ser dejado e indiferente ante las posibles convicciones que se pueda tener; dogmatizar o relativizar asuntos que en sí mismos no son tan importantes; tender a hacer muchas cosas o no hacer nada llevado por cierta pereza connatural; tener la necesidad de poner el broche de oro a todo o ser indiferente a todo lo que pase; imponer el criterio personal a los demás o no dar ninguno y acomodarse a lo que hagan los demás.

A la ley anterior y sus excesos antagónicos se le puede acomodar una receta de conveniencia: en el medio está la virtud. Normalmente es igual que sea una cosa u otra, lo importante es que permanezca lo mínimo esencial a lo humano. Por tanto, hay que eliminar las fijaciones en criterios exagerados, tanto por exceso como por defecto: es indiferente dejar abierta una puerta porque eso sea lo perfecto o cerrarla siempre con una llave porque eso sea lo perfecto, ¡qué más da!, lo importante es que la puerta esté abierta o cerrada cuando convenga.

Como resultado de lo descrito hasta esta línea resulta que hace falta gran conocimiento personal y gran sinceridad para detectar rasgos del carácter que se pueden mejorar y atreverse a dejarlos a un lado para remodelar las características personales; se trata de remodelar porque el título de nuestro carácter seguirá siendo el mismo, Por ejemplo, una persona afectuosa lo será toda su vida y quizá deba cuidar no excederse en sus muestras de afecto o una persona un poco seca en el trato podrá mejorar en dirección a ser más afectuoso, pero tenderá siempre a su natural sequedad.

Especial cuidado se ha de tener en el mundo de las convicciones porque pocas cosas son invariables o tienen una única solución. Tanto las ideas claras que uno tiene sobre sucesos o modos de actuar o acerca de la manera de ser personal y los hábitos que se van adquiriendo en la vida, todas las cuestiones de este orden ni se pueden imponer a los demás ni se debe ser impenetrable acerca de lo que nos aconsejan. Hay que apelar a la sencillez y a la humildad pensando que puede ser que los demás tengan razón en algo.

Al pensar que cada persona tiene su modo de ser y debe intentar perfeccionarse podemos mirar al hombre perfecto –Jesús de Nazaret antes citado- y ver que tiene rasgos muy diversos en su modo de actuar: habla tranquilamente con una mujer de creencias distintas a las suyas, llora por sus amigos y también por la dureza de los habitantes de algunas ciudades, trata duramente a los que hacen mal al uso de la hipocresía, es muy misericordioso y amable con una persona que es atacada y condenada duramente por personas displicentes que se erigen en supuestos jueces. Es decir, siempre se deben buscar en nuestro carácter los modos más acertados de actuar y eso forma parte de nuestra sensibilidad y de nuestras decisiones.

En cualquier caso es bueno tener amplitud en la mente y el corazón grande para poder tratar a todos de la manera más conveniente, siendo armoniosa nuestra actuación. El corazón pequeño y la mente cristalizada en ideas fijas es algo que empequeñece a quien padece esa enfermedad.

Con todo esto no hemos de buscar grandes estrategias porque la buena educación del carácter y de los afectos se hace en toda su extensión en los pequeños detalles, en las pequeñas cosas y en los pequeños encuentros que a diario tenemos con las personas. En la familia, en el trabajo y en toda nuestra vida social es donde se dan respuestas de entusiasmos, alegrías, seriedades, correcciones, prestación de ayudas, ánimos o desánimos, optimismos o pesimismos que nos retratan.

¡Sea nuestro actuar amable, recto, optimista y respetuoso, como la madre callada, el padre prudente, el hermano amable o el buen amigo que nos quiere!

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