El arte de educar

25 marzo, 2009

La realidad del necesitado

Filed under: Educar personas solidarias — albayalde @ 8:22 pm

José Luis Font Nogués

Pasó la época de entender que el prójimo era únicamente el de la misma ciudad, del mismo país o cultura. El fenómeno de la globalización, de la mano de las comunicaciones, ha acercado los extremos del planeta y por prójimo seguimos entendiendo el que está más próximo a mi, aquel al que yo pueda ayudar, pero, más aún, sin límites ni fronteras.

Velazquez muestra una escena solidaria universal en el espacio y en el tiempo

Velazquez muestra una escena solidaria universal en el espacio y en el tiempo

Al alcance de las noticias están los movimientos migratorios que se resuelven con mayor o menor fortuna. Tenemos acceso a la ayuda a través de dinero, ropa, alimentos, organizaciones mundiales o numerosísimas organizaciones no gubernamentales de ayuda y asistencia. Podemos actuar, pero cada día y más de cerca, ¿con quién me solidarizo? Y, en el tema que nos ocupa, ¿cómo puedo educar estas actitudes solidarias? Nos podemos solidarizar con todos aquellos que sufren cualquier necesidad material o afectiva, desde el inicio hasta el final de la vida.

Todas las edades de la persona están sujetas a solidaridad. La infancia está muy necesitada de ayuda ya sea por requerir servicios mínimos por discapacidad, pobreza, o escolarización; los enfermos, en su propia casa o en hospitales, necesitan la atención de todos; todos los que sufren alguna deficiencia, los pobres y los marginados necesitan resolver necesidades básicas para vivir dignamente; los que viven en soledad, ya sean ricos o pobres, necesitan compañía que les aporte consuelo y felicidad; la tercera edad necesita el premio de la gratitud por el bien que ha hecho durante su vida y puede ser que agradezcan más un poco de alegría y atención; los que se acercan hacia la muerte necesitan ayuda para encarar bien ese difícil trance.

Este repertorio de necesidades no está lejos en las antiguamente llamadas tierras de misión, sino que son muy cercanas en cada país y en cada ciudad. Para esa inmediatez, no basta con conocer más o menos bien la teoría sobre el tema, sino que hay que pasar a la práctica actuando en conciencia. Y es en la familia, la primera educadora, donde se comienza a ser solidario. Por eso, cada acción educativa desarrollada en la familia es educativa y debe prever todas las posibles respuestas de aquellos a quienes se pretende educar. Por ejemplo, tras una visita de la familia a un comedor de inválidos, un hijo puede volver a casa realmente reconfortado por su labor de ayuda, labrando así un quehacer solidario que impregne su vida.

Merece la pena hablarlo en familia sin razonamientos superficiales enseñando a “mirar dentro”, a mirar dentro de nuestro interior, de nuestro corazón, explicando a los hijos que las debilidades y miserias que denunciamos en los otros son las mismas que padecemos personalmente, pero que no acertamos a ver porque evitamos mirar en el fondo de nuestro corazón. En este sentido se expresaba la Madre Teresa de Calcuta cuando decía que se sentía llamada a ayudar a los individuos, a amar a cada hombre y que nunca pensaba en términos de muchedumbre, sino de personas.

Es el momento de enseñar a amar auténticamente, es decir, sin desear recibir nada a cambio y, por tanto, hemos de saber amar a todas aquellas personas de las que no esperamos nada a cambio, de las que no nos vamos a aprovechar. Que aprendan los hijos a dar sin recibir nada a cambio, que la solidaridad no es intercambio de cosas, o compra de satisfacciones, sino verdadero amor desinteresado. La realidad del necesitado no es el sentimiento que provoca su indigencia, sino el respeto de todo el mundo a la dignidad de ese ser que está necesitado, porque es persona signa de ser amada.

Complemento necesario a estas consideraciones en el alcance familiar es la perspectiva mundial que la persona debe tener ante sus particulares actuaciones. Aunque sea como mínimo a través de las noticias internacionales, cada persona ha de apuntar a lo que sucede a todos los hombres y no solo compadecerse, sino tratar de solucionar. “Una sociedad válida es ‘aquella en la que todos se benefician del bien común y ninguno es dejado fuera de las preocupaciones generales’ y ‘las políticas económicas que ayudan a los trabajadores de baja renta a vivir dignamente deberían ser una prioridad de toda sociedad que quiera merecer el adjetivo buena’ “ (CM). Así, cada persona, por lo menos en su entorno, tenderá a proporcionar pleno empleo, trabajo digno e integración social a cuantos estén a su lado y en la medida de sus posiblidades, cosa para la que debe haber sido educado.

El objetivo educativo es conseguir personas solidarias que sean capaces de comprometerse para resolver necesidades a nivel personal y de bien común. Esto es propio del mundo actual y es un reto orientado a toda persona de todo país, sexo, raza y religión. Este trabajo es satisfactorio, especialmente si hay trato con personas de distintos lugares del mundo: “Uno de los aspectos más enriquecedores de trabajar por la reducción de la pobreza en países tan diversos es entrar en contacto con personas de culturas diferentes y comprobar que, a pesar de las diferencias y también gracias a ellas, la amistad es posible” (FPSC, 5). “Aún más, resolviendo necesidades personales o sociales se trabaja por la paz y, fomenta la esperanza” (FPSC, 6).

BIBLIOGRAFÍA:

CM       Migliore, Celestino. Mensaje. Nueva York, 7.II.2008. http://www.zenit.org (11.II.2008)

FPSC   Lara Alén, Pilar. Memoria de actividades. Fondo de la Promoción Social de la Cultura. Madrid 2007

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