El arte de educar

4 enero, 2009

De los sentimientos de condolencia a la esencia de la acción solidaria

Filed under: Educar personas solidarias — albayalde @ 3:14 pm

Afortunadamente se dan hoy día frecuentes respuestas de solidaridad. La sociedad ve la necesidad de responder a las necesidades ajenas e instantáneamente se llena de condolencia. Se ve que pueden existir diversas formas de solidaridad; por ejemplo, ante las desgracias que aparecen en los medios de comunicación, las personas se entristecen, les parece mal, se horrorizan, incluso una persona lee en los periódicos la celebración de días dedicados a la solidaridad con los necesitados, de ayuda al hambre de un país o a los damnificados de una guerra, de ayuda a las familias de las víctimas del terrorismo, de solidaridad con los atrapados por la droga, de ayuda a los afectados por el cáncer o por el sida; les parece adecuado y se adhieren a ellos en mayor o menor grado. Realmente nos conmovemos porque existen estos problemas y nos duele.

No obstante, en muchas personas, hasta ahí llegó la solidaridad. Se trata, en este supuesto, de una solidaridad innata, pero superficial, aflorada desde los sentimientos de bondad del ser humano. Calmar la conciencia es algo demasiado socorrido y de poco valor. Suele cumplirse aquello que alguna vez dijo Santo Tomás Moro, que tal vez haya alguien satisfecho pensando que sus vecinos son muy caritativos, con la idea de verse él mismo libre de dar nada.

Nos preguntamos si esa condolencia ante la desgracia de otro o esa buena acción social es sólo un sentimiento. Y respondemos que no es sentimiento la solidaridad sino necesidad de aquello que cada persona es. El hombre encuentra su sentido en relación a otros y encuentra su plenitud cuando se entrega, o entrega el don de sí mismo a los demás. Dolerá la falta de medios materiales o de bienes de primera necesidad, pero es de mayor envergadura procurar que la persona viva conforme a su categoría natural.

Es fácilmente constatable que el hombre no es perfecto, sino que se va perfeccionando a lo largo de su vida con sus actuaciones. Así, si se centrara en sí mismo nunca se perfeccionaría, en cambio, “sólo el modo superior de obrar, el que procura el bien de los otros –el amor, en una palabra, que en cierto modo lo asimila a Dios-, posee la consistencia suficiente para mejorar al hombre en cuanto persona: y sólo la entrega, en la que el amor culmina, ‘cierra’ y otorga el resello definitivo al ser humano” (Melendo, Tomás. Las dimensiones de la persona. Palabra. Madrid 1999, p 162).

¿Es todo cuestión de entusiasmo o de lástima? El entusiasmo tiene muchas manifestaciones y la capacidad de condolencia es imprescindible, condición necesaria pero no suficiente para una actuación solidaria y, por tanto, verdaderamente humana. Para entender esto es necesario experimentar lo mismo que los que sufren y a lo que se quiere ayudar. Podíamos preguntarnos, ¿cómo le voy ayudar en el dolor o el sufrimiento si no se lo que es eso, si yo no he sufrido nunca? Sólo quien ha sabido aceptar en la propia vida el dolor, en cualquiera de sus expresiones, y lo ha sabido sufrir con serenidad, sabe cómo hay que tratar a los demás cuando pasan por circunstancias de dolor. El dolor hace al hombre más compasivo, más bueno, más comprensivo, más humano. La solidaridad es una manifestación de esa entrega, del olvido de sí mismo, de ese regalo de sí mismo que se da a otros.

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