El arte de educar

11 diciembre, 2008

Ayudar a encontrar la belleza del ser humano

Filed under: Educación — albayalde @ 8:17 pm

José Luis Font Nogués

La belleza del ser humano se capta en la armonía de todas sus cualidades, precisamente cuando brillan en el conjunto de la persona. Es un efecto parecido, pero superior, a la impresión que unas bonitas flores bien organizadas impactan y ennoblecen en una habitación con muebles agradables y ordenados. Cuando destellan las buenas cualidades de la persona se perciben ciertas capacidades que no sólo son agradables sensiblemente –que sería una categoría baja de sensibilidad estética- sino que ratifican el ser suyo y el de los demás.

Interesantes casos de belleza son la brillantez de la inteligencia, el buen uso de la libertad y ejercer la capacidad de amar. Por ser inteligente, la persona es capaz de entender más allá de la percepción sensorial, es capaz de pensar y de elaborar ideas; se puede decir que es bello el buen uso de la inteligencia. Por ser libre, la persona puede optar por el bien y es bello que tome esa decisión. Además, tiene la capacidad de ofrecerse como don, como regalo a otros, y no un don material, sino que es capaz de ofrecerse a sí mismo dando su propia vida.

A su vez, las tres capacidades de la persona no se entienden fuera del ser del hombre como relación; no es el hombre un “para sí mismo”, sino un “para otros”. De hecho, desde antes de nacer hasta después del momento de la muerte, la persona no puede vivir sin relacionarse y es más feliz cuanto mayor ejercicio hace de su inteligencia, libertar y donación.

La experiencia personal y de la vida de otros nos hace advertir que la belleza original se atrofia. Sin ir muy lejos, hemos conocido al niño simpático que pasa a ser inoportuno o incluso desagradable en sus actuaciones. Nos basta esta experiencia para saber que se ha distorsionado la belleza original y, siguiendo con el ejemplo, ese niño jovial y simpático pasa a no trabajar, no valorar la bella relación que inicialmente tenía con sus padres, afearse con egoísmos, o llamar amor al uso egoísta o placentero de cosas y personas. El caso no es exclusivo de nuestro niño-ejemplo, sino que estas son experiencias comunes a toda la humanidad de todos los tiempos.

Al paso de la vida, en algunas ocasiones, en unos momentos o en todos y en diversos grados, la confusión se adueña del individuo y va llamando bello a lo feo: crimen, libertinaje, normas no ajustadas a la naturaleza del ser humano y desaforados deseos de establecer triunfalmente cuando sale y se pone el sol; en definitiva, una apropiación errónea, fea, no bella, no adecuada al ser de las cosas.

En el desarrollo de la vida del hombre, paternidad, maternidad y filiación son tres relaciones esenciales y llenas de la belleza original. En segundo plano, pero muy importante, la amistad participa de las tres relaciones anteriores. Incluso la ecología –o respeto al bien y a la naturaleza y a las cosas materiales fabricadas- es relación de orden material, buena y necesaria, que pronto pasan a la esfera de la relación interpersonal; por ejemplo, el comer humano se ennoblece pasando de la comida material a la relación familiar y amistosa.

En este marco de la belleza que llena y dignifica la vida humana, conviene abrir caminos para encontrar la Verdad-Belleza y en ese camino está la lectura o estudio, el contraste de pareceres o mayéutica griega, y el acto de someterse voluntariamente a una ayuda orientativa que luego sea secundada personalmente.

En un plano educativo, puesto que educar es conducir a otro a un mejor estado de sabiduría que le capacite para mejores actuaciones, el método socrático de la mayéutica se plantea conducir a otro, por medio de preguntas, hacia nociones que ya tenía sin saberlo o que, por lo menos, es capaz de ir deduciendo hasta ver más claramente. De ahí que quien trata de ayudar deba adecuar la búsqueda de la verdad y la percepción de la belleza generales a la singularidad de cada persona; así, es distinto conducir al colérico que al apático, al apasionado que al flemático.

Se requieren unas características básicas para el orientador: coherencia, creatividad, alegría, prudencia y lealtad. La ayuda creativa suscita ideales, intereses, búsqueda, y horizontes altos. La ayuda alegre anima a buscar la felicidad y hace feliz en la misma búsqueda. La coherencia es esencial; no es este el caso del médico que puede curar estando enfermo, sino la del nadador, futbolista o escultor, que trata de enseñar y no puede conseguirlo si no sabe nadar, jugar al fútbol o esculpir.

La atracción del que ayuda es el ejercicio de una buena autoridad, imán que atrae y motor que impulsa movimiento, aunque nunca imposición. Sólo una inteligencia cultivada y una vida moralmente ejemplar, una personalidad amable y alegre, una mentalidad abierta y sugerente puede ser orientador y guía de otra persona. Pero además, respetuosa con la libertad personal; sí con autoridad, pero más aún, libre, no vinculante, no posesivo de la otra persona a quien se desea ayudar; el bien ya impulsa por sí mismo, no hace falta obligar.

Y educador u orientador debe saber esperar. El tiempo es un bien que se dedica a otro y que ha de dejar pasar para que cada uno, a su ritmo, logre encontrar la verdad y las buenas actuaciones.

Y el orientado ha de recoger las indicaciones, obedecer libremente y con personalidad propia y seguir la conversación en la línea de las propuestas y las propias batallas e ilusiones que le vayan sugiriendo.

Conocemos ejemplos educativos llenos de trascendencia. Nos fijamos en varios acontecimientos bíblicos: el encuentro de Nicodemo con Jesús de Nazaret, la conversación de los viajeros desde Jerusalén a Emaús, el viaje del ministro de Candaces y el acontecimiento de Saulo en Damasco.

El judío influyente llamado Nicodemo oye decir a Jesús que si uno no nace de nuevo no puede ver el Reino de Dios; como la inteligencia humana no llega a entender esa proposición, Nicodemo le pregunta cómo puede uno nacer de nuevo. Jesús le explica el caso y corrobora: “No te sorprendas de que te haya dicho que es preciso nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y oyes su voz” (Jn 3). De esta manera abre Jesús la acción al Espíritu de Dios que trabaja con la libertad de la persona, de tal manera que todo aquel que desee hacer el bien y ponerse en el área de influencia de la trascendencia, ese puede gozar de sabiduría y participa de ese algo superior llamado el Reino de Dios.

Los que después de la muerte de Jesús viajan desde Jerusalén hacia Emaús (Lc 24) y un compañero de viaje que ellos desconocen les explica cuanto ha pasado; a ellos les parecerían buenas todas las explicaciones cuando les dicen “Quédate con nosotros”; no obstante, sólo cuando se ha ido se dan cuenta de cuál ha sido su intervención: “¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”, es que era el mismo Jesús el que les hablaba. Se entiende que cuando la Verdad penetra en el alma humana la persona puede gozar con la Belleza y el corazón se llena de felicidad.

Lo mismo pasa con el encuentro y conversación de un alto cargo de la a reina Candaces de Etiopía cuando el etíope exclama cómo va a entender las Escrituras del profeta Isaías si alguien no se las explica (Hechos 8), lo que sirve para que Felipe bautice al etíope. En este caso, la explicación de Felipe supera las previsiones del ministro etíope y ve la necesidad de cambiar el rumbo de sus días encontrando en el paso por el agua una nueva vida.

El personaje Saulo es un concienzudo perseguidor de cristianos al servicio de las autoridades mosaicas (Hechos 9). En ese menester Saulo fue rodeado por una luz, se convirtió, quedó ciego, le llevaron una casa en la calle Recta de la ciudad de Damasco y allí le ayudó un hombre llamado Ananías. Hubo una Luz inicial, pero le ayudó un hombre que era desconocido para él. A partir de ambos acontecimientos Saulo cambia de vida porque ha entendido para siempre que ha sido una llamada divina por una elección sobre él.

Los cuatro ejemplos nos hacen decir que nos pueden hacer ver cosas que en primera instancia nos son incomprensibles (como Nicodemo), desde lo más pegado a tierra hasta lo más celeste, y cuando sucede –si se nos habla en verdad y con belleza- nos entusiasmaremos hasta ver la forma de mejorar la vida (como el etíope); eso nos hace felices (como los viajeros hacia Emaús). Por si fuera poco, algunas veces se ve con claridad la elección divina de la que una persona es objeto (como Saulo), pero es otro ser humano, como en este caso, el que le explica su tarea y nos hemos pueden prestar otras personas.

Hasta aquí hemos considerado la ayuda, el consejo y la orientación que nos pueden prestar padres, profesores, amigos, psicólogos, psiquiatras o sacerdotes para desarrollar lo mejor posible nuestra vida.

En el plano de ayuda del espíritu del cristiano para que tienda a vivir en unión con Dios, Juan Pablo II daba en Valencia y en el año 1982 a los que se formaban para ser sacerdotes las siguientes sabios consejos: “En la propia vida no faltan oscuridades o incluso debilidades. Es el momento de la dirección espiritual. Si se habla confiadamente, si se exponen con sencillez las propias luchas interiores, se sale siempre adelante, y no habrá obstáculo ni tentación que logre apartarnos de Cristo”. Nos ayudan estas palabras a entender a todos qué se entiende por dirección espiritual, algo de mayor hondura que un asesoramiento profesional en un orden sólo educativo, antropológico o médico.

En esa llamada dirección espiritual prima la lectura de la Sagrada Escritura, la oración y la intimidad con Dios porque aquel quien pretenda orientar en ese sentido debe ir por delante en esas experiencias. En octubre del año 2008 se ha celebrado en Roma un sínodo de obispos bajo el título de “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia” y en la proposición número 31 que han elaborado encontramos una elevación para nuestros razonamientos en busca de la ayuda personal. Ese paso a un nivel superior es la consideración del papel de la Palabra de Dios en la vida del hombre, aunque en esta proposición 31 es un consejo dirigido a sacerdotes: “La Palabra de Dios es indispensable para formar el corazón de un buen pastor, ministro de la Palabra. A tal propósito, la Pastores dabo vobis recuerda: “El sacerdote debe ser el primer “creyente” de la Palabra, con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son ‘suyas’, sino de Aquél que le ha enviado. De esta Palabra no es amo, es siervo. De esta Palabra no es único poseeedor: es deudor respecto al Pueblo de Dios” (Juan Pablo II, exhortación apostólica postsinodal Pastores Dabo Vobis, 26). Los sacerdotes y, en especial los párrocos, están llamados a nutrirse cada día de las Sagradas Escrituras y a comunicarlas con sabiduría y generosidad a los fieles confiados a sus cuidados”.

Estos consejos anteriores nos ayudan a pedir ese asesoramiento a buenos ministros de Dios, lo que corrobora –aunque sea anterior en el tiempo- E. Boylan en su libro ‘Dificultades en la oración mental’ (ed. Patmos, p 56): “Sucede a menudo que muchas almas no tienen siempre a mano un guía conveniente; pero en los retiros anuales y en las diversas vacaciones que las fiestas y la falta de salud exigen, será posible, en general, consultar con algún ‘especialista’ y establecer relaciones con él. Una vez que se ha encontrado un guía competente a quien se pueda exponer nuestro pensamiento y que esté bien familiarizado con nuestras circunstancias, una carta, de vez en cuando, será bastante para resolver las incertidumbres corrientes de la vida espiritual. En esa materia Dios adaptará también su gracia a las circunstancias, de suerte que cuando no se pueda encontrar tal guía Él lo dispondrá de otro modo. Pero cuando se pueda obtener fácilmente un consejo competente, sería una locura rechazarlo”.

Sería una locura, como dice Boylan, no dirigirse en busca de la belleza de la vida, del ser humano, de la divinidad. Para eso, dada la imperfección humana, necesitamos esos buenos asesores desde el plano más material o humano hasta el más trascendental.

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