El arte de educar

19 octubre, 2008

Importancia de la percepción de la persona en la tarea educativa

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José Luis Font Nogués

17-noviembre-2002

Unos de los encuentros más interesantes con la persona se da en unos terrenos de juego muy concretos, el hogar, el aula y todo lugar en que el educador –padre, madre, profesor, familiar o amigo- esté con los niños, los adolescentes o personas maduras a las que se les ayuda por amor.

Desde la perspectiva del trabajo educativo, cualquier día al entrar en clase puede parecerle a un profesor que va a comenzar un rato lectivo; pero a quien pretende ser buen educador lo primero que le aflora naturalmente es mirar uno a uno a sus alumnos para intuir sin preguntar cómo está cada uno y cómo responderá a sus quehaceres del día. Ese que intenta ser buen educador entrará muy delicadamente en el interior de todos para comenzar a armonizar la jornada. En ese encuentro no valen las cuestiones físicas o materiales sino la interioridad de cada uno, la humanidad individualizada en cada persona. Por eso podemos decir que no educamos a los alumnos de una manera generalizada, sino que atendemos a cada persona, uno a uno, dentro del grupo en que se encuentren. No sólo eso, sino que valoramos sus características propias y vamos esculpiendo obras de arte personales atendiendo a las necesidades de su propia manera de ser, de la misma manera que no se esculpe de la misma manera una madera u otra, o un metal, una piedra o el mármol. Nos alegramos si se logra la obra de arte y lo seguimos intentando en casos de mayor dificultad, aunque, si al artista se le deja, la obra de arte no se abandona porque termina al fin de los días terrenos.

En más de una ocasión nos habremos encontrado con un alumno nervioso, destructivo o escandaloso, que si nos acogemos a los resultados externos que lleva a calificarlo de “alumno molesto” y si lo miramos en profundidad advertimos dentro de él grandes valores que nos piden tener el arte de explicitarlos y conseguir que ese alumno sea feliz planteando su vida desde la plataforma del rendimiento de dichos valores. Precisamente los éxitos y los errores educativos vienen motivados por ese discernimiento de lo que cada persona es en realidad, sabiendo quitar las capas más externas de su actuación para mirar claramente las zonas más internas de su ser donde seguramente residen grandes capacidades positivas, que hay que conseguir que el interesado sepa hacer rendir, y cimentar en ellas su propia vida. ¿Acaso nos vamos a limitar a unos resultados académicos o a un hipócrita comportamiento para una supuesta o falsa educación?

Ante la situación expuesta de descubrir a la persona, el educador ha de ejercitarse para estar siempre en una tensión hacia ese descubrimiento, sin desazonarse por las manifestaciones negativas que afeen los valores positivos y que muchas veces ganan la batalla para colocar un título que no corresponde a la persona que es valiosa en sí misma a pesar de los pequeños desperfectos que puedan asomar en su conducta diaria. El educador ha de estar siempre expectante hacia el bien, hacia el descubrimiento de los valores positivos y hacia la comprensión de las debilidades.

Dentro de un contexto más bien relacionado con la convivencia y la educación para la paz, el profesor Víctor García Hoz habla de la “percepción de personas”, pareciendo que le preocupa el encuentro con el hombre y la apreciación de lo cada hombre es en sí mismo. Considera este pedagogo que “la percepción de personas es probablemente la conducta perceptiva más difícil, pero también la más importante” (VGH, Pedagogía, p 135) y que “la percepción de la persona es el comienzo de la comprensión del otro” (VGH, Pedagogía, p 137).

En mis encuentros con alumnos pienso mucho en esto y a veces esta percepción se hace difícil cuando aparecen los nubarrones de las actuaciones que nos sorprenden cada día. ¿Qué hay detrás de una actuación, de un estudio correcto o incorrecto, de una respuesta educada o mal educada, de un porte adecuado o inadecuado, etc.? Las nubes pueden aparecer muy oscuras en personas conflictivas que traslucen problemas interiores o familiares; es entonces cuando el educador ha de lucir su mejor arte para aplicar lo que sigue diciendo Víctor García Hoz, citando a un genio de la filosofía:” ‘En cualquier hombre existe algún aspecto en el que otros pueden considerarlo como superior’ (Santo Tomás, Suma Teológica 2-2, 103, 2). La más acendrada manifestación de la capacidad perceptiva de personas es justamente descubrir la faceta humana en la cual aquel a quien miramos alcanza una especial excelencia” (VGH, Pedagogía, p 137).

Por todo ello podemos hacer una receta para percibir esa persona capaz -como todas- de imperfección. En primer lugar, no asombrarse ni escandalizarse por nada, y a pesar de la gravedad de las faltas de las que tengamos conocimiento; en segundo término, traspasar cualquier actuación errónea hasta encontrar lo bueno de la persona y para eso quizá se haya de viajar mucho en su interior hasta llegar a los estratos más profundos en los que quizá esté -aburrida- la bondad; en tercer lugar, esperar. En último término, desde la plataforma encontrada de lo bueno, se dan grandes posibilidades para corregir, remodelar o sugerir propuestas positivas dejando ver que se tiene esperanza en la mejora y en el esfuerzo por conseguirlo.

En torno a este asunto de llegar a los estratos más profundos de aquel que tratamos de educar, un día me sorprendí a mí mismo declarando que hay que navegar a gusto por las profundidades del interior del hombre, que hay que llegar hasta lo más profundo de sus “cloacas” –sin hacer aspavientos circenses por sus defectos- y navegar a gusto por ellas para poder educar desde el conocimiento de esas miserias. A propósito de esto, transcribo unas anotaciones que hice un día al terminar la jornada de trabajo:

“He vuelto a casa bastante cansado, agotado por toda la actividad del día en las aulas. Así ocurre siempre, y siempre quiero que ocurra así. Yo no me encontraría bien si algún día sucediera que no he tenido actividad educativa. Este agotamiento físico y mental -aunque debidamente controlado- me es en cierto modo necesario para vivir y para darme cuenta cada jornada de quién soy yo y del papel que he de jugar durante mis años en la tierra.

Creo que no sabría orientar mi vida en actividades que se centraran en simples papeles, por importantes que fueran. Ahora mismo me encuentro escribiendo, pero sé perfectamente que estoy recogiendo mi experiencia vivida para seguir transmitiendo mi vida a los demás.

¿Acaso mi vida es importante?, me pregunto; ¿es verdad que lo que me sucede a diario es de interés para otros?; y lo que hago, ¿lo hago bien? Solo un adecuado y competente tribunal podría juzgar mi vivir pero hay algo que no puedo expresar con palabras y que me hace pensar en la necesidad de comunicar a los demás todo aquello que me es necesario regalarles para no ahogarme dentro de mi mismo.

Esa llegada al lugar de trabajo es un impacto cada día. No llego al simple lugar de trabajo sino al lugar de encuentro con los alumnos que me ha caído en suerte tener. Ellos y yo nos necesitamos –yo aprendo de ellos-, aunque de distinta manera. La inauguración de un nuevo día se puede hacer de una forma solemne o de una forma vulgar. Me gusta saludar uno a uno a mis alumnos; la entrada en los pasillos y en las aulas no es algo anónimo ni amargo, llegan a su casa y necesitan que alguien se alegre por su llegada y les dé un impulso para toda la jornada. Hay que comprender que el día es largo y el trabajo se hace costoso, mucho más si se ha de estar mucho tiempo sentado en el mismo lugar, haciendo esfuerzos mentales, cuando las fuerzas naturales de los años iniciales de la vida lleva a estar muy activo y pendiente de todo lo que es novedoso para la persona.

Por mi parte, es muy importante saludar para acoger a todos. Es necesario ver la cara que traen, saber cómo habrán pasado la noche, qué sentimientos habrán cambiado con sus padres a estas primeras horas de la mañana, cómo se disponen para empezar un nuevo día o si habrán tenido ya una primera dificultad. Esa primera mirada cala hasta lo más íntimo de cada uno y es una fuente de posterior comunicación. Algunos manifiestan ya su alegría por este encuentro, otros muestran su pesadumbre por el anuncio de lo que le espera durante el día, quizá haya una conversación iniciada el día anterior que haya que terminar, e incluso algo que corregir ¡tan temprano! Es la inmensa erupción diaria de un gran volcán; la lava viene a continuación, en ese mismo día o tiempo después.

Una cuestión pasa rápidamente por mi mente: ¿tengo en mis manos algo que ofrecer a mis alumnos a la primera hora del día? La respuesta es afirmativa y la pregunta parece de poca envergadura. No solo al inicio del día, sino desde que los dejé de ver en la tarde anterior. Para cada una de sus situaciones, el caer de la tarde ha sido un espacio de tiempo donde ha amainado el viento que ha dado paso a la serenidad de la noche y ahí han fraguado soluciones, propuestas y sugerencias para las turbulencias del día que se fue.

El descanso físico y psíquico es reconfortado por la vida familiar que me hace entrar en nuevas perspectivas y dar color a mi paleta de pintor que ya estaba un poco complicada por buscar continuamente tantas combinaciones de colores a lo largo del día. La paleta se va llenando de manchas, que incluso pueden quedar feas a primera vista, y hay que limpiarla para que pueda seguir siendo útil. En casa, durante el descanso, la cena y la tertulia hogareña, se intercambian opiniones y se vuelven a abrir horizontes. Vuelve al pensamiento el quehacer de mañana. Ya se acaba el día y mañana, casi al poco rato de levantarme, he de enfrentarme a todas las cuestiones pendientes del día anterior. No puedo romper el hilo, he de ser coherente y he de aportar más ideas y soluciones. Además he de estar preparado para cualquier asunto que me va a surgir en el primer encuentro con mis alumnos.

Tengo el deber que cortar esa ebullición de mi mente. He de dar paso al descanso. Tengo que confiar en la capacidad de bien de los demás. He de comenzar cierto abandono de todo, un relajamiento vital.”

Hasta aquí lo que escribí después de una jornada llena de intensidad humana. Ello me lleva a pensar que hay que amar a cada persona, lo que la persona es y todo lo que le rodea. Hay que extasiarse ante cada persona, hay que ser un artista, artista constante y tenaz.

Un día me alegró leer algo de la vida de Edit Stein. Esta mujer explica –con mirada retrospectiva, en 1932- su jornada diaria, cuando se dedica al trabajo educativo dando clases en un colegio de Espira, a la vez que su vida cotidiana y su vida religiosa van identificándose poco a poco:

“Cuando nos despertamos por la mañana temprano, nos acosan ya los deberes y las preocupaciones del día (en el caso de que no nos hayan privado ya del descanso nocturno). Surge entonces la inquietante pregunta: ¿Cómo lograré hacer todo eso en un solo día? ¿Cuándo haré tal cosa y cuándo haré tal otra? ¿Y cómo abordaré tal cosa y tal otra? Uno querría salir disparado y ponerse atropelladamente a trabajar. Pero entonces lo que hay que hacer es tener las riendas firmemente en la mano y decirse: ¡Basta ya! De todo eso no voy a preocuparme ahora. Mi primera hora de la mañana pertenece al Señor. La obra de la presente jornada que él me confía, la emprenderé. Y Él me dará fuerzas para realizarla. Así que me acercaré al altar de Dios. Aquí no se trata de mí ni de mis minúsculos asuntos, sino que se trata del gran sacrificio de reconciliación. Yo no puedo participar en él, purificarme y dejar que él me llene de alegría. Y me pondré a mí misma con todos mis quehaceres y sufrimientos sobre el altar. Y cuando el Señor venga luego a mí con la comunión, entonces le preguntaré: ‘¿Qué quieres tú, Señor, de mí?’ (Santa Teresa).

“Cuando, después de un diálogo silencioso, veo que algo aparece ante mí como mi próxima tarea, me dirijo a hacerlo. Siempre que, después de esta celebración matutina, entro en mi vida cotidiana, se hace en mi interior un enorme silencio, y mi alma está vacía de lo que quisiera acosarme y abrumarme, pero está llena de santo gozo, de valor y energía. Mi alma se ha hecho grande y dilatada, porque ha salido fuera de sí misma y ha entrado en la vida divina… Ahora comienza la tarea del día; quizá el dar clases durante un tiempo de cuatro a cinco horas sucesivas. Entonces me concentro en lo que estoy haciendo: hago una cosa después de otra. En tal o cual hora no puede uno lograr lo que se proponía; tal vez no sea posible en ninguna hora. Surge el propio cansancio, las interrupciones imprevistas, las deficiencias de los niños, diversas cosas enojosas, irritantes, angustiosas. O tengo que prestar servicio en la oficina: el trato con superiores y colegas desagradables, exigencias imposibles de satisfacer, críticas injustas, mezquindades humanas, quizás también desdichas de la más diversa índole. Luego llega la hora del mediodía. Agotada, destrozada regreso a casa… ¿Dónde está ahora el frescor mañanero del alma?… ¿No habrá que emprender inmediatamente las tareas? ¡No! No antes de un instante de silencio y recogimiento… Y si no se logra silencio exterior, si no se dispone de un lugar de recogimiento al que uno se pueda retirar, cuando deberes ineludibles no permiten una hora serena y tranquila, entonces puedo retirarme, al menos por un instante, a mi interior, cerrándome a todo lo demás y buscando refugio en el Señor. Él está presente y puede darnos en un instante lo que necesitamos.

“Así seguirá yendo todo durante el resto del día, quizá con gran cansancio y dificultades, pero en paz. Y cuando llega la noche y una mirada retrospectiva muestre que todo ha quedado a medias y que muchas cosas que uno se proponía han quedado sin hacer, cuando hay algunas cosas que suscitan profunda vergüenza y arrepentimiento: entonces hay que recoger todo eso, tal como es, y ponerlo en manos de Dios y dejárselo a Él. Y, así, uno puede descansar en Él, descansar realmente, y comenzar el nuevo día como una nueva vida… Conservar despiertos los medios apropiados para mantener el contacto con el Eterno, o reavivarlos de nuevo. (…) es importante hallar en cada caso el medio más eficaz para esto y saberlo aprovechar” (UWE-A, Stein, p 162-163).

Efectivamente, llevan razón Edith Stein y Víctor García Hoz, los dos escritores citados hasta ahora en este texto. He tenido la suerte de ver cómo un educador, muy cercano a mi trabajo, ha sacado actitudes positivas en personas problemáticas, con experiencias en mundos, relaciones, tratos y ambientes no deseados. He sido testigo de cómo este educador al que me refiero ha re-situado a dichos problemáticos a base de cariño, con calor humano, con amabilidad y un trato pleno de seguridad; seguridad que nunca es de tipo reiterativo, coercitivo, impositivo, envuelto en malos modales o sin dejar hueco al ejercicio de la libertad personal. En estos casos, y porque el tratamiento ha sido el más parecido al ejercicio de una recta paternidad, los problemáticos se han sentido útiles, se han visto apoyados en el marco de su propia libertad, se han sentido comprendidos y se han regenerado como personas. Y todo, a base de creer en el hombre y a base de cariño al hombre, a cada persona en particular.

Siguiendo a Susanna Tamaro (ST, Misterio, p 20-23) podemos decir que no se puede entender al hombre si no es a través de un proceso que parte de la maravilla -principio de la filosofía para Aristóteles- para seguir con el asombro y llegar a la admiración. Y para explicar esta concatenación maravilla-asombro-admiración, como método para entender los destellos de luz que ofrece cada persona, recurro como buena fuente a una sabia interpretación de los enfoques personales de Edith Stein: “La luminosidad de la luz era una manera de describir lo que es el ser del hombre: el hombre no llega a ser lo que él puede ser, sino cuando, con sus acciones, sale de sí y se consume. El hombre permanece libre únicamente, cuando emplea constantemente su libertad, y puede alcanzar tan sólo aquello para lo que él existe, cuando –al igual que la luz- ilumina de sentido otra existencia, de tal manera que la vida de todos con todos se convierta en una vida cada vez más luminosa, más significativa y más clara. Había que esclarecer todavía las razones supremas de por qué esto es así: esa luminosidad de la existencia, que es una ‘realidad de fuerza y de vida’, ¿de dónde toma a su vez su luz?” (UWE-A, Stein, p 154). Y yo respondería: esa la luz se toma, en primer lugar, de su confianza absoluta en cada persona humana y, en segundo lugar, de la fuerza del Amor.

BIBLIOGRAFÍA

(VGH, Pedagogía) Víctor García Hoz. Pedagogía visible y educación invisible. Rialp 1987

(UWE-A, Stein) Andreas Uwe Müller y María Amata Neyer. Edith Stein. Vida de una mujer extraordinaria. Editorial Montecarmelo 2001

(ST, Misterio) Susanna Tamaro. El misterio y lo desconocido. Seix Barral 1999

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