El arte de educar

20 abril, 2008

La educación en el misterio de la donación personal

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Jornada de estudio sobre la Educación Diferenciada “Por la diferencia hacia la igualdad”
Granada, 19 de abril de 2008

Comunicación

José Luis Font Nogués

El progreso de la civilización es proporcional a la educación, pero entendida en el ámbito de lo que es la persona. El ser humano es único, con dimensión espiritual, diverso, hombre o mujer, y orientado a la complementariedad que se efectúa mediante la entrega personal. Esa relación complementaria no se basa en el conflicto sino en el servicio, la entrega y el amor.

En el ser humano se da igualdad en la humanidad y diferencia en la individualidad. La mujer ha sido vista en segundo plano y últimamente reivindica una igualdad con respecto al hombre centrada en aspectos sexuales, laborales o políticos. La igualdad de hombre y mujer no es independiente de los sexos, sino asumida la sexualidad en la espiritualidad y exige captar su misma humanidad y el papel complementario de ambos en la edificación de la persona y de la sociedad.

En la familia la igualdad y la diferencia entre hermanos es superada por la paternidad y maternidad originales en el marco del amor. En el ámbito escolar se acusan las diferencias sin que las oriente naturalmente el amor de padre y madre, del que es deseable una participación.

La mejor educación que puede ofrecerse es la que hace posible captar la propia humanidad. Sería erróneo no tener en cuenta actitudes y diferencias, de las que la más notable es la capacidad de maternidad. Es lógico que cada uno se eduque en conformidad con sus personales características porque es así como ha de responder al mundo como requisito para ser feliz.

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La educación en el misterio de la donación personal

El ideal de progreso en toda civilización es proporcional al esfuerzo por educar adecuadamente a las personas que lo llevarán a cabo. Es comúnmente aceptado que esta educación es más amplia que unos conocimientos técnicos o destrezas profesionales y que abarca todo el ser de la persona. Por tanto, conveniente buscar la calidad de la educación teniendo a la vista las verdaderas características del ser humano.

Preámbulos humanos para orientar la educación de la persona

La reflexión sobre la realidad del progreso nos transporta a diversos modos de entender la persona y, en consecuencia, de sistemas sociales. ¿Cómo no recordar el sistema de esclavitud, la praxis de la pena de muerte, el honor del guerrero, los siervos de la gleba o la mujer cuyo ámbito es sólo la maternidad y el cuidado del hogar?

Afortunadamente la humanidad ha adelantado en la comprensión de sí misma y merece la pena señalar tres aspectos para seguir avanzando: su espiritualidad, su sociabilidad y su reciprocidad.

Es la persona humana un ser capaz de espiritualidad, es decir, de elaboración de pensamiento a través de la inteligencia, de optar actuaciones en un marco de libertad y capaz de trabajo físico o mecánico. No obstante, es el amor la característica esencial de la humanidad que da sentido a los pensamientos, a las decisiones y a todo tipo de trabajo; la persona es capaz de amar, necesita el amor y su fin propio es el amor.

Con gran diferencia del reino animal, y como característica también esencial, la persona es sociable desde el ámbito en el que comienza su vida hasta la zona geográfica en la que se desenvuelve y, ya en el siglo XXI, a través de redes de comunicación que actúan como telaraña que rápidamente envuelve la tierra. No obstante, su vida se desarrolla fundamentalmente como ser que se relaciona y vive en busca de un complemento, así, la persona enamorada, fascinada por una gran promesa de felicidad, al aproximarse al otro “se planteará cada vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará « ser para » el otro. Así, el momento del agapé se inserta en el eros inicial; de otro modo, se desvirtúa y pierde también su propia naturaleza. Por otro lado, el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don”[1]. Estas palabras nos llevan a entender la entrega del don personal como primer acontecimiento de la vida de un ser humano e inherente al mismo. Al hablar de entrega no sería adecuado limitarse a lo exclusivamente espiritual ni lo exclusivamente corporal, pues la persona es cuerpo y alma, es decir, “cuerpo sexuado animado humano hombre” y “cuerpo sexuado animado humano mujer”, con características psíquicas y afectivas específicas y un espíritu de rango superior a todo lo corporal.

Si nos preguntamos por la reciprocidad podemos responder: “Están buscándose entre sí para recobrar la totalidad”[2]. Inmediatamente surgen algunos interrogantes de la anterior consideración: ¿cómo la van a recobrar si no están preparados para entenderse cada uno a sí mismo?, ¿cómo lo van a hacer sin entender ese misterio y saturados a una recíproca “información” y camaradería que el ambiente actual propicia que no haya nada reservado a la propia intimidad? Las respuestas a estas cuestiones nos hacen exclamar: ¡valoremos el misterio de cada ser personal!

Igualdad en la humanidad y diferencia en la individualidad

Avanzando en este discurso nos preguntamos si realmente hombre y mujer no serán quizá dos seres esencialmente diferentes. Una respuesta nos viene del cardenal Ratzinger en el año 2000: “Sí, pero queremos oponernos a ella –se refiere a la pregunta en cuestión tal como le fue formulada-. Se trata de un mismo ser humano. Y como el cuerpo no es sólo un añadido externo a la persona, la diferencia física naturalmente es una diferencia que penetra a toda la persona y determina, por así decirlo, dos formas de ser persona. Creo que hay que oponerse a las falsas teorías igualitarias como a las falsas teorías diferenciales”[3].

Atendamos a los elementos diferenciales. Sí, diferentes, pero ¿realmente diferentes? Es esta la pregunta que también nos contestaba el cardenal Ratzinger: ”Platón dijo que había que llevar a hombres y mujeres a los mismos cuarteles, que tenían que hacer todos lo mismo porque la biología no contaba. Que lo único que contaba en el ser humano era el espíritu, y que cuando nacieran niños se les condujesen a un hogar infantil estatal. En el fondo, esta teoría de la igualdad es espiritualismo, una especie de desprecio al cuerpo, que se niega a reconocer que precisamente el cuerpo es la persona misma. Por eso, en mi opinión, este tipo de igualitarismo, en lugar de elevar a la mujer la priva de su grandeza. Al masculinizarla, la arrastra rebajándola hasta el ámbito de lo banal”[4]. En estas palabras observamos que en el momento actual tienen mucha vitalidad estas ideas de Platón y nos preguntamos, ¿ha habido avance o retroceso en el entendimiento de qué es la persona humana y, en concreto, la mujer?

Pero Ratzinger no se detiene en sus valientes consideraciones: “Lógicamente existe por otro lado una falsa ideología de la diferencia. Ésta posibilitó que se considerase a las mujeres como seres inferiores, dedicadas únicamente a cocinar y limpiar, mientras que los señores de la creación hablaban y guerreaban y se sentían una casta dedicada a lo más elevado. Por eso las mujeres fueron consideradas solamente carnales, sensuales, negadas para lo espiritual, para lo creativo y qué se yo qué cosas más. Con esto, la ideología de la diferencia se eleva a la naturaleza de casta. Esta idea impide percibir el carácter único de la creación divina, que, a pesar de sus diferencias, es unitaria y complementaria”[5]. Y es que realmente el ser humano es único, con dimensión espiritual, pero la diversidad de ser hombre o mujer que –mediante el cuerpo y el espíritu- le orienta a la complementariedad que se efectúa mediante la entrega personal. Y si hay complemento es porque son diferentes.

Connotaciones diferenciales en el ser humano

Pueden ser útiles algunas expresiones diferenciales de hombre y mujer que se han dado en la historia a través de variados campos de la actividad humana.

El escritor Mark Twain escribió el pequeño libro titulado Diarios de Adán y Eva, donde describe, en su peculiar y feliz tono literario, los razonamientos de cada uno de los protagonistas como diferentes en el modo de pensar, de amar e incluso de necesitarse mutuamente.

El gran escultor Miguel Ángel plasmó en mármol su gran David, ejemplo de la fuerza y el esplendor del varón que era signo de la poderosa república de Florencia. En cambio, podemos visitar en Roma la Venus del Museo Capitolino y advertir en ella los símbolos de la belleza y del amor, llena de sensibilidad, ternura, delicadeza e incluso de un recato exclusivo de la mujer.

En otros momentos de la historia del arte encontramos expresiones de la masculinidad y la feminidad. El hombre se plasma como El pensador con Rodin, la paternidad del venezolano Aldo Macor, formado en Italia y especialista en interpretar actitudes humanas o la maternidad del granadino Antonio Cano. Todas estas muestras son aspectos parciales del ser hombre o ser mujer; no es verdad que el hombre sea sólo pensador o sólo fuerza o sólo padre, sino que son tres facetas entre muchas que explican su modo de ser humano; no es verdad que la mujer sea sólo maternidad o sólo belleza, sino que estas son cualidades femeninas.

En el otro campo, los educadores constatan en alumnos y alumnas que determinadas capacidades o destrezas son del mismo tipo, como iguales son determinados órganos, tipos de tejidos, células o el alma personal. Y también tienen experiencias vitales en las que advierten distinciones intrínsecas como, por ejemplo, la del niño de siete años acompañado de otra criatura de Educación Infantil con bata y rubio pelo largo: los dos bajaban con cuidado una escalera y se cruzaron con dos profesores desconocidos que le saludan, para incidir positivamente en la operación de bajar escalones, diciéndole a quien lleva bata un “¡hola señorita!”, a lo que el niño de Primaria respondió en tono de severa advertencia con la frase “¡es un señor!” con un tono casi recriminatorio. En esta ocasión nadie habló de igualdad ni diferencias, pero a tan corta edad ya las conocían y no estaban dispuestos a que se confundieran.

También conocen los educadores las características de los niños -ejercicio de su fuerza natural, intereses en torno a la actividad deportiva o de competición-, por lo que viene bien centrar su educación en hacer ver que no todo está a su disposición o aprender actitudes de servicio a los demás y en el hogar. En cambio las de las niñas son diferentes: como si desde su inicio estuvieran preparadas para la maternidad, dan delicadeza, tienen elegancia, son perspicaces y eficaces para resolver problemas, tienen facilidades lingüísticas, son dadas al consuelo.

Hay observaciones, resultados de investigaciones científicas, que parecen acertadas. Así, a modo de ejemplo, “la fluidez en el lenguaje es esencialmente mucho menor en los niños pequeños y en los hombres que en las mujeres. La parte del cerebro que coordina la función lingüística, la región de Wernicke, es un 30% más pequeña en los hombres que en las mujeres”, afirma José María Barrio Maestre, mientras que “la aptitud para la reflexión lógico-abstracta que muestran los varones en las ciencias naturales, que favorece la inteligencia técnica, parece aumentar bajo el influjo de la hormona sexual masculina que se desata en la pubertad. (…) El neurólogo holandés Dick Swaab demostró que un núcleo nervioso situado en el hipotálamo no solamente es en el varón dos veces mayor que en la mujer, sino que además contiene el doble de células”[6]. Sin seguir más argumentos biológicos, son evidentes los dos modos de ser humano, el hombre y la mujer.

En el área más artística de las corales musicales, recordamos que los hombres y mujeres que las componen pueden cantar la misma melodía, pero sucede que la voz de los hombres lo hacen siempre –inevitablemente, por naturaleza- una octava más baja que la mujer. Luego, en la práctica del campo musical también se advierten diferencias que no se podrán salvar.

Sobre el alcance de la diferencia entre hombre y mujer añadimos declaraciones de expertos que nos hacen ver cómo el ser humano “tiene cuatro dimensiones básicas: física, psicológica, espiritual, y cultural. Estas dimensiones básicas están íntimamente entrelazadas entre sí, el hombre es una unidad en la diversidad. Así, la condición sexuada del hombre es un fenómeno de extraordi­naria amplitud, que caracteriza todos los estratos y componentes de la compleja unidad que constituye al hombre. (…) La persona humana es hombre o mujer y lleva inscrita esa condición en todo su ser. El programa genético, el sistema endocrino, los órganos genitales internos y externos, el cerebro y la figura corporal son sexuados. Por ello podemos afirmar que somos biofisiológicamente sexuados o, en otras palabras, que la sexualidad tiene una dimensión biológica indudable”[7].

Otros estudios de estos temas nos especifican incluso las diferencias en la enfermedad: “Las mujeres presentan más diagnósticos de depresión unipolar, trastornos del comportamiento alimentario, trastornos de ansiedad incluyendo el estrés post traumático o de presentar tres o más problemas mentales concomitantemente o asociados a enfermedades crónicas. También son más frecuentes en mujeres los trastornos de pánico y de fobia. Por el contrario, los varones presentan más diagnósticos de abuso de sustancias, alcoholismo y desórdenes del comportamiento asociados al alcohol. A partir de la infancia los varones presentan más síndromes de déficits de atención, autismo y retrasos del aprendizaje o del desarrollo”[8].

Tras estos pocos argumentos que ofrecen las ciencias biológicas y médicas podemos deducir fácilmente que sería inexacto defender una igualdad sin tener en cuenta estos aspectos diferenciales. En definitiva, el mejor camino para tratar o reconocer la igual dignidad y derechos entre hombre y mujer es el de considerarlo en el marco de la diversidad natural, es decir, no se trata de hacer una reconstrucción legal o social de la naturaleza de hombre y mujer, sino tratarlos como lo que son realmente en una consideración antropológica adecuada[9]. Se apunta, por tanto, que la educación ha de ser específica para los niños y específica para las niñas, tanto en un sistema educativo mixto como en uno diferenciado.

Complemento e independencia

Centrémonos, pues, en el asunto de la independencia de cada ser y el de la complementariedad hombre-mujer.

Nada más comenzar su pequeño libro, señalando un lunes como un principio, Mark Twain hace hablar a Adán con unas características de independencia: “Esta nueva criatura con el pelo largo anda todo el día por medio. La tengo siempre alrededor mío y siguiéndome. Lo cual no me gusta, pues no estoy acostumbrado a tener compañía”[10]. Parece Adán como autosuficiente o, quizá simplemente independiente de los requerimientos de la mujer.

Y, en cambio Eva, al parecer de Mark Twain, sabe dar a Adán algo que le falta: “Me gustaría hacerle comprender que un corazón bueno y cariñoso es un verdadero tesoro, y que basta con él, y que sin él el intelecto es una pobre cosa”[11]. Aquí se señala una manera muy propia de la mujer al estilo intimista de Carmen Martín Gaite.

Adelantando en la historia de Adán y Eva, Mark Twain se recrea en una descripción de Eva que me parece ilustrativa: “Ella es todo interés, entusiasmo, viveza, el mundo es para ella un encanto, una maravilla, un misterio, un motivo de alegría; se queda muda de placer cuando encuentra una nueva flor, tiene que mimarla, acariciarla, olerla, hablarle y darle toda clase de nombres cariñosos…”[12]. Eva, en cambio se recrea en describir para qué ha sido creada y concluye que “para desvelar los secretos de este maravilloso mundo, ser feliz y dar gracias al Sumo Hacedor por todo lo creado”[13] y parece que se ha olvidado de Adán, pero vuelve a plantearse por qué le ama y resuelve en un extenso relato que no es por su inteligencia, ni por sus modales y delicadeza, ni por su laboriosidad, ni por su educación, ni por su caballerosidad: “Él me ha ofendido, pero no le culpo por ello; pienso que es una peculiaridad de su sexo, y no fue él quien hizo a éste. Claro que yo no le hubiera ofendido, primero me muero; pero esto es también una peculiaridad de mi sexo, y no me atribuyo, por tanto, ningún mérito, ya que no fui yo quien lo hizo. Entonces, ¿por qué le amo? Simplemente porque es masculino, creo”[14].

Por tanto, la independencia, la inteligencia, la delicadeza, la laboriosidad, etc. no son características que definan completamente al hombre ni a la mujer, pero sí le centra su ser sexuado. Eva ama a Adán por ser masculino, se entiende que necesita su masculinidad. Y, si hombre y mujer tienden al complemento, eso que se complementan deben ser distintos para que logren una unidad.

Puede ser que haya estado en boga durante mucho tiempo un modelo caricatura del hombre Quijote y quizá haya que descubrir otro modelo basado en el amor-servicio-entrega y cordura que se convierta en paradigma más adecuado de respeto y buena convivencia. La relación hombre-mujer no se basa en el conflicto sino en el complemento. El conflicto lleva a la explotación, a la defensa, a la barrera, al egoísmo. El complemento lleva al servicio, a la entrega, al amor. “Hombre y mujer se pertenecen mutuamente. Poseen dones que han de desplegar para de ese modo hacer aflorar y madurar al ser humano en toda su amplitud”[15].

Volviendo al caso del arte, gozamos con la obra de Jan van Eyck (1390-1441) titulada El matrimonio Arnolfini, que se considera un auténtico certificado matrimonial; advertimos en este óleo el sentido nupcial de la persona. Ya es clásico el estudio de los signos destacados en esta pintura que explican bien el matrimonio como algo sagrado. Las diferencias entre hombre y mujer son en el marco del complemento nupcial, mas veamos el verdadero sentido de este compromiso vinculante para ambos: “Esta diversidad ha de comprenderse no en un sentido patriarcal, sino en toda la hondura que tiene, tan rica de matices y consecuencias, que libera al hombre de la tentación de masculinizar la Iglesia y la sociedad; y a la mujer de entender su misión, en el Pueblo de Dios y en el mundo, como una simple reivindicación de tareas que hasta ahora hizo el hombre solamente, pero que ella puede desempeñar igualmente bien. Me parece que tanto el hombre como la mujer han de sentirse justamente protagonistas de la historia de la salvación, pero uno y otro de forma complementaria”[16]. Esta reflexión que se concreta en el orden eclesiástico es válida también para la consideración de la entrega de los esposos y sus compromisos en la sociedad civil; es también una llamada de atención al modo de educar.

En qué consiste la igualdad

No es actual la igualdad, en el siglo I de nuestra era leemos de la mano de San Pablo que “ya no hay distinción de judío, ni de griego; ni de siervo, ni libre; ni tampoco de hombre, ni mujer”[17]. En el siglo XX también se habla del papel del hombre y de la mujer en el entorno de la trascendencia: “pienso que a la mujer han de reconocerse plenamente en la Iglesia –en su legislación, en su vida interna y en su acción apostólica- los mismos derechos y deberes que a los hombres: derecho al apostolado, a fundar y dirigir asociaciones, a manifestar responsablemente su opinión en todo lo que se refiera al bien común de la Iglesia”[18]. Por tanto, no es novedosa la igualdad, que nos viene defendida desde el marco del Pueblo de Dios.

En cambio, desde hace poco tiempo, la mujer viene reivindicando su igualdad con respecto al hombre, centrando este objetivo en prevenciones por motivos de enfermedades de transmisión sexual y de planificación familiar, el acceso a puestos de empleo y desarrollo de capacidades en igualdad al hombre, el uso del voto electoral, modo de vestir y la liberación de todo tipo de sometimientos, entre otros asuntos.

No es precisamente la igualdad del hombre y de la mujer una igualdad independiente de los sexos. Del león y leona decimos león y serán león macho y león hembra y no dejan de ser leones por ser el uno macho y el otro hembra. Es tan intrínseco al ser su sexo que para ser iguales deberían tener las mismas características anatómicas, afectivas, psíquicas, etc. y no es así. Hombre y mujer son humanos iguales en dignidad humana, distintos en su ser sexuado, y son iguales no por su sexualidad sino por su humanidad. Por tanto, la identidad sexual no es una variable arbitraria subjetiva sujeta al azar, es algo intrínseco a la persona; no es cuestión registral ni quirúrgica, sin embargo, siendo algo propio para cada persona no lo es en forma posesiva de tal forma que por arbitraria decisión voluntaria deteriore la humanidad que posee.

“Es falso querer medir a hombres y mujeres por el mismo rasero y decir que esa diminuta diferencia biológica no significa absolutamente nada. Ésta es la tendencia hoy predominante. Personalmente me sigue estremeciendo aún que se pretenda convertir a las mujeres en soldados como los hombres; que ellas, que siempre han sido las guardianas de la paz y a quienes hemos visto oponerse al deseo masculino de pelear y guerrear, vayan ahora por ahí con ametralladoras, demostrando que pueden ser igual de belicosas. O que las mujeres también posean ahora el ‘derecho’ de recoger las basuras o de bajar a la mina –lo que en realidad no deberían hacer por su propia dignidad, por respeto a su grandeza, a su mayor cualidad diferencial-, un derecho que ahora se les impone en nombre de la igualdad. En mi opinión, esta es una ideología hostil al cuerpo y maniquea”[19].

El verdadero sentido de hombre y mujer es el de la igualdad y complemento, “la igualdad esencial entre el hombre y la mujer exige precisamente que se sepa captar a la vez el papel complementario de uno y otro en la edificación de la Iglesia y de la sociedad civil: porque no en vano los creó Dios hombre y mujer”[20]. En todos los estamentos se apunta necesario el complemento y, por tanto una lealtad que sólo puede tener la persona humana. Aunque hoy se trata de destacar e incluso defender e imitar la no necesidad de fidelidad en el reino animal, se necesita de la lealtad para la llamada del hombre al amor y, por tanto a la realización plena de su humanidad.

La novedosa perspectiva conciliadora entre familia y trabajo

Hoy se puede observar esta idea de complemento en la Ley 39/1999, de 5 de noviembre (BOE 6.XI.1999) para promover la conciliación de la vida familiar y laboral de las personas trabajadoras cuando habla en la Exposición de motivos de la necesidad de conciliación de trabajo y familia como condición vinculada de forma inequívoca a la nueva realidad social en el ámbito internacional y comunitario de Europa. A continuación habla de dos aspectos: primero, de la atención a la maternidad y segundo, al “permiso parental y la ausencia del trabajo por motivos de fuerza mayor como medio importante para conciliar la vida profesional y familiar y promover la igualdad de oportunidades y de trato entre hombres y mujeres”.

Dice bien la citada Exposición de motivos cuando no habla de igualdad de sexos sino de igualdad “de oportunidades y de trato” entre hombres y mujeres. Sin pronunciamientos científicos, entra la ley en el marco de la igualdad de hombre y mujer en cuanto naturaleza y por eso pretende darle la igualdad de oportunidades buscándola en función de sus diferencias también esenciales ya que alude a la maternidad y la paternidad. A este respecto son de interés las siguientes palabras que prologan esta ley: “Como novedad importante, cabe destacar que la Ley facilita a los hombres el acceso al cuidado del hijo desde el momento de su nacimiento o de su incorporación a la familia al conceder a la mujer la opción de que sea el padre el que disfrute hasta un máximo de diez semanas de las dieciséis correspondientes al permiso por maternidad, permitiendo además que lo disfrute simultáneamente con la madre y se amplía el permiso de maternidad en dos semanas más por cada hijo en el caso de parto múltiple”[21].

Quizá sea esta nueva perspectiva la que más nos pueda motivar a preparar a personas en edad infantil, preadolescente o adolescente a saber actuar en cada momento de su vida como lo que son, sin eludir ningún aspecto que pueda parecerle molesto o incómodo y sabiendo ejercitar todos sus derechos y deberes no como legislados por el marco jurídico del momento –que serán periódicamente variable-, sino como personas que valen por sí mismas.

Una perspectiva educativa coherente para igualdades y diferencias

Parece adecuado pensar que una buena educación ha de tener en cuenta algunas realidades básicas: el carácter, las actitudes de aprendizaje, la capacidad de esfuerzo, el entorno social de los alumnos, las creencias religiosas, las expectativas sociales puestas en ellos y que le van a dar oportunidades de trabajo, etc. Todas son realidades y condicionantes comunes a hombre y mujer, pero la más importante es la de ser humano hombre y ser humano mujer, para lo que es necesario la personalización.

Sería incorrecto que hombre y mujer actuasen movidos por objetivos que parcelan su ser como, por ejemplo, la exclusiva sexualidad, el único fin del ejercicio de la actuación política o en mundo laboral, etc. Lo que da sentido a cada actuación de hombre y mujer es el alcance de la plenitud humana, aquello que tienen en común y pueden compartir conforme a sus diferencias complementarias. Hay que tener en cuenta una objeción: alcanzar la plenitud de la humanidad es algo que no se logra al instante o a corto plazo, es más, en cada momento presente pueden ser más incisivos los reclamos parciales con los que hombre y mujer puedan sentirse atraídos. Por ello, la mejor educación que puede ofrecerse es la que hace posible captar la propia humanidad.

Concretamos a continuación algunos principios educativos teniendo en cuenta los aspectos de diferencias hombre-mujer y de igualdad en la humanidad:

Es necesaria la educación específica del hombre y de la mujer en atención a las características personales diferenciales, tendiendo siempre a la plenitud del ser humano

En la educación del hombre hay que tener en cuenta características propias, como pueden ser su tendencia a la dejadez, fuerza, indiferencia, ser iluso, menos emotivo, racional, deportista o su tiempo para el desarrollo. En la educación de la mujer hay que tener en cuenta otros distintos como, por ejemplo, la importancia de los afectos, la necesidad de compañía, la natural empatía, su eficacia natural o su tiempo de desarrollo anterior al del varón. Son, pues, iguales en cuanto humanos, distintos en cuanto características y reacciones.

Se da una nota especial, en sí misma diferencial: el caso exclusivo de la maternidad hace que la mujer sea educada adecuadamente teniendo en cuenta esa cualidad de llegar a ser madre. Al hombre no le será posible por sus cualidades anatómicas, fisiológicas, etc. el caso de la maternidad, antes bien, es orientado hacia la paternidad, como es dar la fortaleza necesaria a los seres pequeños para crecer e incluso a la mujer para ser su apoyo y para colmar su necesidad de ser querida, como muy bien ha sido descrito por Mark Twain.

La educación en la familia y en la escuela deben atender a los rasgos de igualdad y diferencia de los hijos y alumnos en la medida que corresponda

La persona humana, desde edades tempranas, se interesa por cosas que se les aparece como misteriosas, de las que un buen ejemplo son las referentes a la vida. Pero esos misterios sólo están debidamente enmarcadas en el cariño que se respirará en el hogar, sin el cual los niños -en sí mismos desvalidos- no son capaces de entender la vida; durante esos años iniciales de su vida va descubriendo su ser personal hasta llegar a la adolescencia y afianzarse como ser definido. En la familia sí hay un marco apto para la coeducación que adquiere su verdadero sentido en la única fuente generacional: los hijos –hombres y mujeres o niños y niñas, si se prefiere- tienen de igualdad al mismo padre y a la misma madre que, por amor constituyen una fuente originaria de vida. Las consecuencias de este acontecimiento nos llevan a advertir que los hermanos se quieren, se cuidan, juegan, se respetan, comparten toda la vida en esos primeros años y son los padres quienes, al darles pautas, le orientan para la vida.

No es así en el marco escolar, donde acuden niños y niñas de distinta sangre, parentela, que se desconocen y no les une nada por su origen, salvo el común denominador de la humanidad. La distinta fuente generacional no les lleva a un respeto y cariño instintivo y éste han de aprenderlo por normas sociales que han de ser explicadas, aunque fácilmente puedan ser aprendidas. Quiere esto decir que, lo que en el hogar era natural en la escuela no lo va a ser en primera instancia y los humanos infantiles van a manifestarse de distinta manera por tener un marco diferente al hogar. La diferenciación sexuada se hará notar en el instante y con el paso del tiempo tendrá sus diversas manifestaciones que serán muy notables y causa de mayor diversificación en las distintas épocas de crecimiento de los alumnos hombre y mujer. El trato entre ellos y con ellos estará siempre marcado por esta realidad que se ordena en el hogar con la misma sangre y parentela mientras que en la escuela requiere una acción más especial. Pongamos por ejemplo que una autoridad o respeto entre hermanos siempre será más fuerte que la que pueda haber por causa de la amistad fraguada en las aulas. En este sentido, la familia es más escuela que el centro académico llamado también escuela y en ésta es deseable alcanzar cierta participación del amor familiar y, de hecho, es favorable a la educación que se la entienda en claves de paternidad y maternidad.

Es imprescindible educar en la responsabilidad para tareas y encargos en la familia y en la escuela, lo que favorece tanto la igualdad de oportunidades de hombres y mujeres como el mutuo respeto

La necesidad de responder con hechos a los acontecimientos pide la consiguiente educación. La persona mayor ha de resolver con libertad las diversas situaciones en las que se encuentra en la vida. Los pequeños y adolescentes deben aprender a hacerlo.

El hogar familiar es una escuela en la que aprender un reparto de tareas coherente con la edad de cada uno. Así sucede en el caso de un niño que hacía esperar a su abuelo porque su encargo era el ordenar los zapatos de todos sus hermanos. El ejercicio de tareas en familia no recibe el nombre de “exigible”, sino que se educa a hacerlo por amor y pasa a ser un ejercicio de generosidad mediante el que también se realiza la entrega del don personal.

Por extensión, las tareas del lugar de trabajo de pequeños y adolescentes – parvulario, escuela, colegio o instituto-, se entienden y realizan bien si ya se conocen desde el hogar; no obstante, también tienen razón de ser en la propia sede escolar.

Ahora bien, hay tareas que no son exclusivas de la masculinidad o feminidad. Es conveniente que todos sepan realizar tareas comunes que hay que llevar a cabo con normalidad: higiene, limpieza, alimentación, cuidado de ropa, arreglos, etc. Todas redundan en el bienestar familiar y social. En esa línea discurre la conciliación entre trabajo y familia.

Para que hombre y mujer alcancen la felicidad en la entrega del don personal se han de educar para lograr el conocimiento propio y las actitudes propias de la generosidad, lo que se logra en la educación personalizada

Sólo educando la actitud de servicio serán capaces los hijos y los alumnos de entregar el don personal en el marco del buen ejercicio de las capacidades naturales para la proyección social; “¿qué es la proyección social sino darse a los demás, con sentido de entrega y de servicio, y contribuir eficazmente al bien de todos? La labor de la mujer en su casa no sólo es en sí misma una función social, sino que puede ser fácilmente la función social de mayor proyección”[22]. Para ambos, hombre y mujer, la entrega personal contribuye al bien de la sociedad, partiendo del hogar hasta el lugar de trabajo y otros de relaciones con los demás. Luego, es necesario educar para esa entrega entendida, en sus diversas modalidades, como misterio del don personal. En concreto, con características personales para ese don que se hará no genérico ni indiscriminado, sino personal de cuerpo y alma.

Ese educar para el despliegue de la entrega personal exige un conocimiento propio y autogobierno que posibilite solucionar las diversas situaciones que puedan ser problemáticas para los sentimientos: “El amor hay que entenderlo como pasión. Sólo cuando se está dispuesto a soportarlo como pasión, aceptándose siempre de nuevo el uno en el otro, madurará una pareja para toda la vida”[23]. Esta idea puede decirse también en ámbitos más amplios que la intimidad entre hombre y mujer.

No se dará bien esta educación si no se hace conocer a hijos y alumnos sus características personales –carácter, capacidades, personalidad, etc.- así como los medios adecuados para gobernarse lo mejor posible y poder dominar aspectos que les puedan ser negativos.

La educación para el despliegue personal en la sociedad comienza en la familia y en la escuela facilitando la misma participación a hombres y mujeres

Se trata de educar para el despliegue total de la personalidad como ser humano hombre o como ser humano mujer. El despliegue de la personalidad en sociedad será posible en la igualdad del espectro laboral con oportunidades para todos: “La presencia de la mujer en el conjunto de la vida social es un fenómeno lógico y totalmente positivo (…). Una sociedad moderna, democrática, ha de reconocer a la mujer su derecho a tomar parte activa en la vida política, y ha de crear las condiciones favorables para que ejerciten ese derecho todas las que lo deseen”[24]. Teniendo en cuenta las diversas tendencias sociales que se han experimentado en la historia, es adecuado hacer notar la importancia de la mujer en la vida social: “Una mujer con la preparación adecuada ha de tener la posibilidad de encontrar abierto todo el campo de la vida pública, en todos los niveles. En este sentido no se pueden señalar unas tareas específicas que correspondan sólo a la mujer (…) En virtud de las dotes naturales que le son propias, la mujer puede enriquecer mucho la vida civil”[25].

Conclusión

Este modo de entender la educación para el despliegue personal con igualdad de oportunidades no ha de entenderse únicamente para el caso del trabajo o del amor entre hombre y mujer, sino para todo evento humano; sólo si está preparado para conocerse y entenderse como ser humano hombre o ser humano mujer sabrá responder a los reclamos diversos que el mundo les deparará. Por tanto, es lógico que cada uno se eduque en conformidad con sus personales características corporales, fisiológicas, espirituales, pasionales, etc. porque es así como ha de responder al mundo.

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[1] Benedicto XVI. Encíclica Deus caritas est. Roma 25.XII.2005

[2] Ratzinger, Joseh. Dios y el mundo. Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg. Barcelona 2002, p 76

[3] Ratzinger, Joseh. Dios y el mundo. Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg. Barcelona 2002, p 77

[4] Ratzinger, Joseh. Dios y el mundo. Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg. Barcelona 2002, p 78-79

[5] Ratzinger, Joseh. Dios y el mundo. Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg. Barcelona 2002, p 78-79

[6] Barrio Maestre, José María. Educación diferenciada, una opción razonable. Eunsa (Astolabio). Pamplona 2005, p 256-260

[7] Gudín, María. Doctora en Medicina , especialista en Neurología, Hospital Nuestra Señora de Alarcos, Ciudad Real. Ponencia Cerebro y diferencias sexuales. I Jornada sobre Ideología de Género y diversidad afectivo-emocional. Universidad Francisco de Vitoria. Madrid 16.II.2008 Cfr. http://www.zenit.org La complementariedad entre hombre y mujer, camino de la igualdad. Recogido el día 14.III.2008

[8] Irala, Jokin. Doctor en Medicina y en Salud Pública, Profesor Titular de Medicina Preventiva y Salud Pública en la Universidad de Navarra. Ponencia Hombres y mujeres también son diferentes al enfermar. I Jornada sobre Ideología de Género y diversidad afectivo-emocional. Universidad Francisco de Vitoria. Madrid 16.II.2008. Cfr. http://www.zenit.org La complementariedad entre hombre y mujer, camino de la igualdad. Recogido el día 14.III.2008

[9] Cfr. I Jornada sobre Ideología de Género y diversidad afectivo-emocional. Universidad Francisco de Vitoria. Madrid 16.II.2008. Cfr. http://www.zenit.org La complementariedad entre hombre y mujer, camino de la igualdad. Recogido el día 14.III.2008

[10] Twain, Mark. Diarios de Adán y Eva. Ediciones Obelisco. Buenos Aires 2002, p 7

[11] Twain, Mark. Diarios de Adán y Eva. Ediciones Obelisco. Buenos Aires 2002, p 39

[12] Twain, Mark. Diarios de Adán y Eva. Ediciones Obelisco. Buenos Aires 2002, p 49

[13] Twain, Mark. Diarios de Adán y Eva. Ediciones Obelisco. Buenos Aires 2002, p 56

[14] Twain, Mark. Diarios de Adán y Eva. Ediciones Obelisco. Buenos Aires 2002, p 59-60

[15] Ratzinger, Joseh. Dios y el mundo. Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg. Barcelona 2002, p 79

[16] San Josemaría Escrivá de Balaguer. Conversaciones. Rialp. Madrid 1988, p 51

[17] Gálatas 3, 27-28

[18] San Josemaría Escrivá de Balaguer. Conversaciones. Rialp. Madrid 1988, p49-50

[19] Ratzinger, Joseph. Dios y el mundo. Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg. Barcelona 2002, p 78

[20] San Josemaría Escrivá de Balaguer. Conversaciones. Rialp. Madrid 1988, p 51

[21] Ley 39/1999, de 5 de noviembre (BOE 6.XI.1999) para promover la conciliación de la vida familiar y laboral de las personas trabajadoras. Exposición de motivos

[22] San Josemaría Escrivá de Balaguer. Conversaciones. Rialp. Madrid 1988, p 206

[23] Ratzinger, Joseph. Dios y el mundo. Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg. Barcelona 2002, p 79

[24] San Josemaría Escrivá de Balaguer. Conversaciones. Rialp. Madrid 1988, p 206

[25] San Josemaría Escrivá de Balaguer. Conversaciones. Rialp. Madrid 1988, p 209-210

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